La psicóloga Patricia Camiña, responsable del centro Vieiros, dice que la calle engancha más que cualquier droga por una falsa idea de libertad
14 nov 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Patricia dio algunas vueltas por el planeta hasta que se asentó en Santiago. Nació en Venezuela, fue a residir de chiquita a Oporto, de ahí emigró a Bilbao y aún de pequeña recaló en Compostela: «Cuando llegué a Santiago recuerdo la tranquilidad que había en casa, porque en Bilbao había al lado un cuartel y teníamos que dar una vuelta para no acercarnos a él». Estudió en la Compañía de María, a la que envió a sus hijos con el pesar de su marido, que quería un colegio público y sin uniformes. En casa él se expresa en gallego y ella en castellano. Y sus dos hijos responden en uno u otro, según la fuente.
Patri eligió Psicoloxía, porque quería algo centrado en la persona y necesitaba «entender las cosas». La interrogante «por qué» surgió de sus labios en su infancia con machaconería. Y hasta se la lanzó a una azafata cuando en el cielo aéreo no vio al niño Jesús, en donde le dijeron que estaba. Ya mayor, Patricia cree que la sobreprotección infantil no se esfumó: «A mí me preocupa mucho lo que le deje a los niños, porque se siguen reproduciendo los mismos errores».
A sus hijos, aún menores, les inculca responsabilidad. Deben recoger la mesa, hacer la mochila, contribuir a pagar sus caprichos... Hasta los 6 años no iban a cumpleaños de sus compañeros «porque es consumismo y hasta esa edad no hay amigos muy definidos». Patri lamenta la cultura del «usar y tirar» y es partidaria de enseñarle valores a los niños.
Lleva ya treinta años en Cáritas y es veterana consumada. Comenzó a los 17 años, pasó por distintas áreas y aterrizó en Vieiros, tras percatarse de la necesidad de un local para acoger a los excluidos sociales, y no solo a los drogodependientes como al inicio. «No nos gustan los guetos», declara. No cabe solo la pobreza en el local de Vieiros: «La exclusión social tiene muchas caras, no solo la económica». En Costa Vella la gente comparte actividades, encuentra ayuda y a veces únicamente acude a desayunar.
Ciudadanos de segunda
Los técnicos de Vieiros son conscientes de que el local no es parada y fonda permanente, sino que los visitantes deben dar un paso más y convertirse en ciudadanos. Tarea no poco complicada: «Se sienten ciudadanos de segunda y les da pánico dar ese paso».
A ello contribuye la propia sociedad cuando les margina: «Hay gente para la que el sinhogarismo es una enfermedad moral y si el sinhogarista está ahí es porque quiere. Y no quiere trabajar. ¿Que no? Pues dígame dónde y lo mando». ¿Incomprensión social? «Sí, es elevada. Para muchos ciudadanos estas personas son invisibles. No las ven, salvo cuando hay un destrozo». Que sean alcohólicos a menudo es una deriva angustiosa: «Si a mí me muere un ser querido no puedo decir que no me voy a dar a la bebida. Y si yo puedo caer, por qué no estas personas».
Muchos de quienes frecuentan Vieiros son gente con escasez de recursos o soledad: «Me invento la patología soledad, pero para nosotros lo es». Se asocia la soledad a la tercera edad y no existe para estas personas, social y públicamente excluidas: «A los sinhogar se les mira desde la sospecha. Y nadie se da cuenta de que la gente sin hogar muere sola. A quien muere solo en un albergue ¿quién le ha despedido? ¿Alguien conoce su historia?».
La calle parece un signo de libertad, de hacer lo que uno quiere, y hay gente sin hogar que así lo cree: «Es una falsa sensación de libertad. La calle engancha más que cualquier droga por esa falsa sensación de libertad».
¿Qué siente uno cuándo ve a alguien caer en un pozo y le cuesta salir? «Impotencia, pero no resignación, pena o lástima». Lo que está claro es que la gente que acude a Vieiros «agradece nuestro trabajo y que se les trate como personas».