Santiago no es Manhattan. Y la calle del Hórreo tampoco es la Quinta Avenida. Afortunadamente. Entre otras cosas, porque eso supondría que todos nosotros seríamos desde ayer súbditos del señor Donald Trump y, qué quieren que les diga, ya tenemos bastante con lo que tenemos. Una ciudad pequeña como Compostela debería ser más amable para el que la transita volante en mano. Pero no lo es. Y no solo por la conducción modo rali a la que tantas veces obligan los baches y las calzadas en mal estado cuya anunciada reparación no llega a acometerse. Lo verdaderamente desesperante es la falta de aparcamiento y esa cadencia que parece tener el compostelano por chimpar el coche allí donde le pete. Hay lugares en los que parece haber patente de corso. Si quieren saber de lo que hablo vayan cualquier noche a la calle Monte dos Postes. Se encontrarán todo un carril inhabilitado por los padres y madres de los alumnos del conservatorio de música. Les falta meter el coche dentro del edificio. Pasar por allí exige jugarse la vida, pero tampoco esperen una mirada pidiendo perdón. Tan solo recibirán indiferencia. Realmente creen que están en su derecho de estacionar donde les dé la gana. Y no es cosa de que la oscuridad les nuble la educación o el respeto, porque lo mismo sucede ante la puerta de cualquier colegio o instituto. A la hora de salida de los alumnos pasar por esas calles es un suplicio aún mayor que ser gobernado por un señor de extraño tupé que ha abusado de los rayos UVA. Seré un loco, pero me gustaría vivir en un lugar en el que todos respetasen las leyes. Porque eso es respetar a los demás.