Son muchas las veces que se habla de la magia de Sar, de la caldeira de Sar, de la atmósfera que se genera en torno al Miudiño. Tanto se comenta y tantas son las ocasiones de debate acerca de ese brillo que cabe el riesgo de cegar la esencia de una afición como hay pocas, con un radar impagable.
El domingo, ante el Valencia, es otro de esos días que hablan bien de la grada por su atención a los detalles. En ese contexto se enmarca el aplauso dedicado a Artem Pustovyi, después de firmar sus mejores minutos de la temporada. El pívot ucraniano hizo valer su altura en el poste bajo como hacía tiempo que no se veía. En el debe solo cabe apuntar un exceso de ansia que le llevó a cometer alguna personal evitable y a palmear un balón después de que los árbitros pitasen personal. Debería haberse inhibido, porque daba la impresión de que incluso sin el leve palmeo podría haber entrado el balón en la red. En todo caso, cuando se fue al banquillo tras cometer su quinta falta, se llevó una cariñosa ovación. Y al final del encuentro, ya en el vestuario, Pustovyi denotaba en su mirada y sus palabras el agradecimiento.
Más allá de la magia y del empuje, el gran valor de la afición de Sar es el sexto sentido para detectar lo que necesita el equipo. El ucraniano es un jugador con gran margen de crecimiento, y en la medida que progrese también el colectivo dará un salto de calidad. Sar lo sabe.
Igual que entendió que, a pesar de la derrota ante el Valencia, con el descosido de los cinco últimos minutos, no debía quedar en segundo plano el trabajo de los otros 35 ante un adversario de altos vuelos. De ahí los aplausos al final de la contienda.
Quizás la clave de esa manera de vivir y descifrar el baloncesto esté en que el club y la grada han encontrado un formato con el que se identifican. El sacrificio y el trabajo no admiten enmiendas. El equipo podrá jugar mejor o peor, lo que no está permitido es que se desentienda o se deje llevar por la corriente. Esas señales son las primeras que detecta el radar de Sar.