Fontiñas, 2016. El palacio de justicia de Santiago es un templo que hace tiempo que se le ha quedado pequeño a la diosa cegada que sujeta una espada y una balanza. Las salas de vistas son pequeñas y obligan a ocupar el salón de bodas cuando hay más acusados de la cuenta. Siempre pienso allí sentado que el mismo escenario de la felicidad viste en Compostela los mayores desasosiegos. Es peor que los casos se acumulen por falta de manos en juzgados colapsados como el de Familia, los de lo Contencioso o los de lo Social. Y aún más triste que por fallos tecnológicos teóricamente fáciles de subsanar haya que suspender juicios. En las salas de vistas de Penal falla un día sí y otro también el sistema de videoconferencia. Ignominia es la palabra que se me viene a la cabeza cada vez que veo las caras de incredulidad de los acusados y, sobre todo, de los testigos tras perder un día de trabajo para asistir a un juicio que finalmente se suspende porque falla la maquinita de las videoconferencias. Ya bien entrado el siglo XXI, en el que se puede gobernar el mundo desde cualquier pantalla táctil, entrar en los juzgados de Fontiñas es regresar al pasado. Tecnológicamente hablando, al menos lo humano no falla. Los que se quejan de la lentitud de la justicia tendrían que pasarse un día en los juzgados. Diría que en los de casi todas partes. Se darían cuenta del milagro diario que supone que este pilar indispensable del Estado de Derecho siga en pie. No debería resultar complicado retirar del zapato de la justicia compostelana esta piedra que le atormenta. Demonios, es solo un teléfono con una pantalla. La Xunta puede arreglarlo.