Que nadie se engañe. Galicia no arde ni se quema, en realidad la quemamos un poquito cada día, excepto durante los meses de verano en los que cambiamos de marcha, ponemos la quinta, y literalmente, la arrasamos. Para alguien de Ourense como yo, criada entre chamusquinas hasta ver los montes hechos piedra, la llegada del verano y las quejas de muchos porque no hace buen tiempo ya me preparan para lo peor. A veces hasta pienso que cuanto más se intenta concienciar para erradicar una práctica tan infame como quemar el monte, más pistas se le da a aquellas personas que por las razones que sean salen de casa para romper las cosas y espacios que la sociedad venera. Cuando digo que todos arrasamos el monte no me refiero simplemente a quien enciende la mecha. Porque para que un monte de Galicia sea víctima de las llamas se necesita mucho más que ganas de plantar fuego. Se necesita olvidar a las especies que durante siglos poblaron nuestros bosques y nos depuraron los pulmones, se necesitan políticos con zapatos castellanos y una manquera de las que usan para robar gasolina y también cargos públicos de variopintos colores que solo ven una mano negra cuando gobiernan. Y hacen falta personas que miran para otro lado y no tienen cuidado de sus fincas, propietarios que se inventan casas en medio del monte. Las imágenes de desolación de estos días, tanto en el monte como en el rostro de quienes luchan por combatirlo y los que sufren las consecuencias más cercanas, nos conmueven a todos, pero nunca lo suficiente para que por una vez nos pongamos todos manos a la obra.