Morir por ser lo que uno es. No imagino nada más injusto. Nada más cruel. Nada que haga que se me remueva más la vida por dentro. Morir por ser judío. Morir por ser negro. Morir por ser demócrata. Morir por clamar libertad. Morir por ser homosexual. Morir por rezar a otro dios. Morir por tener otro color de piel. Morir por pensar diferente. Morir por no doblegarse. Morir por amar. Por amar a personas de tu mismo sexo. A personas. Morir. Matar. Omar Mateen, un loco al que la estúpida ley norteamericana permitió tener un rifle de asalto, entra en un club gay de Orlando (Florida), el Pulse, y acribilla a más de cien personas. Cincuenta mueren, otras 53 están heridas. Espeluznante. Pero más miedo me dan otras balas, otros fusiles, otras armas que por silenciosas no acaparan telediarios ni aparecen en los periódicos. Ni tan siquiera hacen que nadie escriba un mísero tuit. El asesino de Orlando era un islamista radical que odiaba a los homosexuales. Pudo comprar un arma de guerra porque en su país estar armado es un derecho constitucional. A más B es igual a C. Loco más arma es igual a masacre. La tragedia tiene una explicación. Por terrible que sea. Podemos hablar y hablar de ella. Hasta que se nos olvide. Como siempre.
Al menos de estas muertes de Orlando habremos hablado. Pero no hace falta irse muy lejos para sentir en la boca el hálito fatal y podrido de la injusticia. De la homofobia. Aquí, en casa, en Santiago, también hay quien muere por ser homosexual. Solo por eso. Nada más que por eso. Y pese a que la ley le garantice -pese a muchos intolerantes- los mismos derechos que a los heterosexuales. Faltaría más. No hace mucho que un chico lleno de vida murió en Compostela solo por ser gay. Fue este mismo año. Respetar su memoria me impide escribir su nombre y ofrecer algún dato que pueda permitir una fácil identificación. Pero estas líneas pretenden ser un homenaje, un recuerdo. Un grito de protesta. Para este joven el rifle verdugo fue el miedo a confesarle a su padre que era homosexual. Parece mentira, pero aún hoy, en el 2016, hay chicos y chicas que sufren sin motivo por miedo a que los que se supone que más deberían quererlos los rechacen. Únicamente por ser homosexuales. Era un joven encantador. Estudió y trabajaba. Intentó tener novia, como tantos otros, hasta que se dio cuenta de que sus gustos eran otros. Eran los que él había sabido desde siempre y se había intentado negar para no enfrentarse no a una realidad que él admitía, sino a su padre. Este joven no cayó asesinado. Él se quitó la vida. Por miedo. Su muerte me duele más que las de Orlando. Y no por cercanía, sino porque es aún más injusta. Si cabe.