a desaparición de Lourdes González y, especialmente las horas transcurridas, afortunadamente pocas, desde el hallazgo de su cadáver desnudo en el Pedroso hasta que trascendieron las primeras observaciones de los investigadores de que no había signos de violencia, han tenido en vilo a Compostela. La ciudad con el corazón encogido temiendo que asomaran anteriores fantasmas, pensando resignada en un mal fario que habría llegado para quedarse, desde el accidente de Angrois en la víspera del Apóstol del 2013 y, en el septiembre siguiente, el crimen de Asunta. La catástrofe ferroviaria que se llevó ochenta vidas y el horrendo asesinato de la niña, no solo quedan para siempre en la memoria cruel de la ciudad, es que, además, en estos casi tres años ya transcurridos, el desarrollo judicial de ambos sucesos -y el debate político, también en el caso de Angrois- los han mantenido vivos, día a día, a flor de piel de la ciudad. No es que Compostela esté necesitada del diván del psiquiatra, pero tampoco está para muchos sobresaltos que acaben por minar su moral. En tiempos hubo alguna excepción propia de una antología de El Caso -¿recuerdan el horripilante crimen de Os Tilos, abril de 1988?-, pero hasta el fatídico verano del 2013 esta era la ciudad donde (casi) nunca pasaba nada. Por eso, las extrañas circunstancias de la aparición del cuerpo de la joven vecina del barrio de Galeras disparó inicialmente las alarmas en una ciudad muy sensible. Ahora falta que el sutil trabajo de los forenses despeje las incógnitas que envuelven la muerte de Lourdes, aunque eso no sirva de consuelo a sus familiares y amigos.