Una de las máximas del periodismo, y también de la política, es que la realidad siempre supera a la ficción. Por eso, quienes nos dedicamos a esto de contar historias que en muchas ocasiones tienen que ver sobre la política y sus consecuencias estamos bien curados de espantos. Superado el sonrojo colectivo de que todos tengamos que sufrir un nuevo proceso electoral, el siguiente paso es prepararse para varias semanas subiditas de tono, intercambio de insultos y mensajes para que cale la idea del «y tú más». Lo único gracioso de todo esto serán las infinitas lecturas que periodistas, periodistillas, políticos y politicastros sobre el suplicio que nos avecina. Y al final, pase lo que pase, como se juega en alta política, todos habrán ganado y todas las interpretaciones de los gurús habrán dado en el clavo.
Tras la matraca, habrá que leerlo todo en clave local y con una interpretación que por mucho que la imagine me quedaré corta, ya que todavía no sé muy bien cómo encajarán las piezas que últimamente nos ofrece Raxoi. Tenemos un gobierno en minoría que llegó para ponerlo todo patas arriba con unos cargos que en su vida imaginaron que eso de la cosa pública la carga el diablo. Precede a este plato principal un entrante que no tienen desperdicio: un partido a la deriva y otro con polizón que no sabe muy bien que hacer, no sea que después de las elecciones todos tengan que aprender a conjugar el verbo implementar y tatuarse la palabra confluencia. Y cuando estas cábalas se acaben llegarán las elecciones a la Xunta. Y la realidad volverá a superarse a sí misma.