Confianza

Emma Araújo A CONTRALUZ

SANTIAGO

Desde el primer segundo de nuestra existencia hacemos un ejercicio de confianza. Al nacer, nuestros padres confían en que nos saquen enseguida. Cuando nos llevan a la escuela infantil dan por hecho que allí estaremos bien atendidos, lo mismo que ocurre en el colegio. Incluso cuando viajamos en coche ejercitamos la ingenuidad de la confianza porque, no nos engañemos, resulta bien sencillo que alguien dé un volantazo y la líe parda delante de tus narices.

Y por no hablar de la infinitísima confianza que los humildes ciudadanos ponemos cuando toca votar. Aquí sí que somos de lo más ingenuos, pese a que las personas a las que votamos no son nada más que un mero reflejo de nosotros mismos. Confiamos en que a quienes le concedemos un sueldo mayor que el de la gran mayoría de los mortales se afane por algo como el bien común. Y resulta que, como a la hora de organizar una boda y repartir comensales, las familias no se ponen de acuerdo ni siquiera por el bien común de la pareja durante un día.

Con el sabor amargo de que quienes fiamos a las urnas parte de nuestro futuro hemos visto que las personas elegidas no confían ni en ellos mismos, ahora vuelve el cansino dilema del voto.

Ante este déjà vu he escuchado teorías de lo más dispar: que todos votemos lo mismo para que sí o sí se pongan de acuerdo, recurrir a la papeleta útil o votar a alguien que defiende a quien nunca nos falla, los animales. Mientras la retahíla electoral calienta motores busco argumentos. Soy toda oídos. Eso sí, no pienso escuchar a ningún candidato. Ya lo hice y han perdido mi confianza.