La década de los felices 60 quedaba atrás, incluido aquel 68 que tanta huella dejó en el movimiento estudiantil gallego y no gallego. Arrancaban los 70 con una ciudadanía que comenzaba a hartarse de ser la reserva espiritual de Occidente y ansiaba disfrutar del mismo nivel de vida y posibilidades de futuro que el resto de un continente en el que España solo figuraba en los mapas. El Ensanche era un proyecto tan inconcluso que Santiago de Chile ni se adivinaba y Montero Ríos se veía cortada por piedra, hierba y tierra que llevaban ahí desde el principio de los siglos. El comercio estaba a tono con el color del granito y el bajo nivel vital en una ciudad dominada por un establishment gris y, con las excepciones de rigor, esclerotizado, que se enervaba cuando unos osados profesores recién llegados a la universidad -los PNN- pedían mejoras en sus condiciones de trabajo.
El comercio, sí, era gris. Pequeñas tiendas de toda la vida, la Porcona al lado de la plaza de Vigo que abría fuera de horas y un mercado que hoy no pisaría ningún amigo de la higiene. Hasta que se revitalizó el Camino. Y entonces empezaron a llegar cientos de miles de peregrinos. Consecuencia: empezaron a abrir sus puertas tiendas con encanto y otras con cientos de objetos made in China. Y ello significó un gran cambio y una revitalización. Esa dinámica parece imparable: unos cierran, cierto, pero otros abren. Para muestra, Secretos de Galicia, que el día 10 arrancó desde la rúa de Santo Agostiño su inmóvil singladura con una idea nueva que hasta cierto punto recuerda a la economía colaborativa: artesanos y pequeñas pymes confluyen en un etiquetado común. El signo de los tiempos.