Me gustaría haber contado el número de veces que me pararon al cruzar el Obradoiro familias, grupos de amigos o parejas cámara en mano para que les hiciese una foto con la catedral al fondo. Y lo digo en pasado porque ahora, si alguien lo hace, sería muy fácil de contabilizar. Los selfies han acabado con estas peticiones. Esos magníficos palos me han quitado ese trabajo en el que no hacía falta hablar el mismo idioma, daba igual que fueran japoneses, chinos, alemanes o franceses, nos entendíamos perfectamente. Pero más allá de que me hayan quitado ese arduo trabajo que era presionar un botón para inmortalizar con la mejor de las sonrisas a los que me hacían la petición, la verdad es que me da pena la extendida moda de los selfies que, además, después llenan las redes sociales. Y digo que me dan pena porque, a veces, tan centrados estamos en sacarnos la foto delante del monumento o del paisaje que nos olvidamos de disfrutarlo. Lo vi estos días en el Obradoiro, con muchos palos de selfie enfocando a parejas y grupos hacia la Catedral pero sin darse cuenta que estaban al lado de las esculturas de Henry Moore. Quizás adviertan su presencia cuando repasen las fotos porque en una esquina se aprecia una silueta. Y que nadie piense que no me gusta hacer fotos, es más, no me iría del Obradoiro sin una. Pero un guía turístico con el que estaba haciendo una visita a una reserva contó que había gente que hacía miles de fotos durante la travesía en barco pero después no había visto las ballenas con sus ojos. Yo decidí no perdérmelas. No se olviden de disfrutar entre encuadre y encuadre de Santiago o de cualquier otro sitio esta Semana Santa.