Si no le pagan una pensión su plan b es «hacer una ocupa si doy con la gente adecuada»

La Voz

SANTIAGO

06 mar 2016 . Actualizado a las 04:00 h.

Antes de dar con sus huesos en la calle, Manuel Santillana estuvo en la Legión «de lo que me arrepiento y mucho», apostilla, fue repartidor, camarero y auxiliar de laboratorio en revelado fotográfico, además de trabajar en una cadena de producción. Una experiencia que le marcó para mal y a la que culpa de sus depresiones. «He hecho muchas cosas entre legales e ilegales», confiesa. Una de ellas trapichear con drogas, algo que asegura que no está dispuesto a volver a hacer. Tampoco es la primera vez que se ve en estas. «Ya estuve antes en la calle y conseguí salir de ella por mis propios medios. Bueno, con una pequeña ayuda de un cura. ¿Qué pasa? Te queda la impresión de que si lo hice una vez puedo volver a hacerlo y no te preocupa volver a caer en la miseria. A veces fiarse demasiado de las propias fuerzas te conduce directamente a la catástrofe», reconoce.

Ajedrez, pintura y libros

Cuando la tentación del alcohol le deja de dar vueltas en la cabeza reflexiona, con toda lucidez, sobre los retos de una verdadera desintoxicación. «El tema no es simplemente no hacer una cosa [beber], sino qué es lo que haces en lugar de hacer lo que hacías. El tema no es que me pida un zumo en lugar de un cartón de vino, el tema es que vuelva al equipo de ajedrez, que vuelva a pintar, que vuelva a escribir, que haga cosas que me satisfagan, que tenga una serie de actividades que sean gratificantes para mí y que no den por el culo a mis semejantes», asegura.

En el hospital está bien. La neumonía le ha dado el techo que no tenía y unos cuidados que le sanan y le mantienen sobrio. Pero piensa en qué pasará cuando le den el alta. «Tengo que hablar con Sara -su pareja, otra de los indigentes de O Toural junto a Félix, el vasco-, porque ella sí lo ha conseguido, a ella le han dado una habitación. A ver si toco en las mismas puertas que ella y a ver qué pasa. Yo a partir de ahí ya más o menos sé qué tengo que hacer», explica.

Si no le ayudan, su plan b solo tiene dos opciones. O volver a la calle «o si diera con la gente adecuada hago una ocupa, que me estaba resistiendo porque no quiero tener problemas legales», explica. Ir a un albergue como el de los franciscanos lo descarta. «Solo puedes ir siete días al mes, lo que te deja otros 23 fuera. Y luego están las normas, que son habitaciones compartidas y a ver con quién caes, que lo mismo haces un amigo que un enemigo», relata.