El pasado curso, cuando el Obradoiro empezó a preparar la temporada 15/16, se encontró con el escenario habitual, el de un presupuesto muy bajo, y con una dificultad añadida: dos piezas básicas de campañas anteriores, Corbacho y Pumprla, quisieron volar más alto y dejaron el nido de Sar. Lo mismo que Maxi Kleber, al que le bastó un año en Compostela para reclamar la atención del poderoso Bayern. Con el poco dinero de siempre el club se vio abocado a asumir más riesgos que nunca. Y, hasta la fecha, salvo Waczynski hasta que la espalda empezó a darle la lata, no han aparecido jugadores dominantes como el propio Kleber, o como antes Muscala, o Salah Mejri, o Lasme. Y los problemas físicos han pasado factura en un vestuario que venía teniendo mucha suerte con las lesiones. Ante el Manresa, en una cita clave, faltaron McGrath y Triguero. El pívot acabó perdiéndose un mes de Liga y el equipo se descosió en defensa. Brown solo ha podido tener continuidad a lo largo de las últimas cuatro semanas. Haws empieza a dar síntomas del tirador que se esperaba que fuese. Bendzius es más irregular que el Guadiana. Caloiaro se faja incluso con su sombra, pero en ataque baja su presencia. Yusta va siempre en sexta, para bien y para mal. Y Pustovy prometía más de lo que está creciendo. Lo paradójico es que un puzle tan complicado de encajar empezó bien y ha ido perdiendo enteros. De hecho, aguanta con las rentas de las cinco victorias en las primeras ocho jornadas, porque desde entonces solo ha añadido otra. Pero ese es el sino de los modestos. El desafío pasa por conseguir un baloncesto como el que se vio en la Copa, a sabiendas de que este año es más difícil conseguir que los astros se alineen si no hay más cera que la que arde.