Los evidentes y notorios errores del Ayuntamiento de Madrid al aplicar la Ley de la Memoria Histórica han arrojado sombras mediáticas sobre la iniciativa de la sociedad nicrariense Afonso Eanes. Porque todavía queda mucho lobo agazapado hablando de simetría, de que todos somos hermanos y que cómo va a ser en pleno siglo XXI, ¡por favor!, que alguien quiera recuperar el cráneo de su abuelo con un agujero a la altura del occipital para sacarlo de la cuneta y darle una sepultura digna, que para qué, que eso es revanchismo puro y duro. Por eso tiene más valor la iniciativa de Afonso Eanes: la «reparación moral dos represaliados polo franquismo (?) en Barcala». En primer lugar, porque es de elemental justicia que cada uno entierre a los suyos como Dios manda. Y porque ya va siendo hora. Ni siquiera hace falta recurrir a la comparación con Alemania, donde el nazismo sigue siendo objeto de debate autocrítico pero cuyos símbolos han desaparecido de la faz de ese gran país.
Santiago y su comarca saben mucho de la represión de entonces, de hace casi justamente 80 años. Al contrario que en Alemania, aquí no han surgido voces recientes que rechazaran la figura y los hechos de su padre o de su tío. Y todo el mundo tiene derecho a honrar en la intimidad familiar a su padre, que para eso lo es o lo fue. Pero de ahí a poner una zancadilla para que todo el mundo, de cualquier extinto bando, haga exactamente lo mismo hay un mundo: el que dista entre el demócrata respetuoso y el que solo lo es de boquilla.
Por eso Afonso Eanes debe seguir adelante. Y si otros ladran, es porque cabalgamos. Con permiso de Goethe y Rubén Darío, los inventores de esta frase.