Líneas tontas

SANTIAGO

08 ene 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

El bajo nivel intelectual de los políticos actuales y su nulo margen para defender un discurso propio provoca que sus expresiones se contagien como la peste. Por eso sospecho que habría que buscar entre los creadores de los argumentarios de partido al responsable de importar la cansina idea de las «líneas rojas», una perversión instalada en el debate público que puede cargarse el futuro de Cataluña, de España, y también de Compostela, ciudad ensimismada en un océano de gestos de un centímetro de profundidad.

¿Qué hay tan sagrado al otro lado de las dichosas líneas coloradas que impida a una, dos o hasta tres formaciones buscar salidas negociadas que enriquezcan la compleja labor de gestionar un territorio? Hay incomprensión, pobreza de pensamiento, individualismo, aires de trinchera, fidelidad mal entendida a los votantes y al programa y, sobre todo, miedo. Un miedo atroz a diluirse ante las siguientes citas electorales y a desaparecer de las tertulias y los papeles. Es un temor que viene de los viejos partidos, que ante una derrota siempre han preferido esperar pacientemente su turno de poder, vicio que ya se ha inoculado en los nuevos actores de la vida pública. «Estas son mis líneas rojas». Esas son tus líneas tontas.

La intransigencia ya le está pasando factura a los grandes (PP, PSOE), le costará renuncias a los emergentes (Podemos-Compostela Aberta, Ciudadanos) y aniquilará sin remedio a los pequeños, que siguen en sus trece hasta que se quedan a cero, como le ocurre al BNG. No entienden en serio «el mandato de las urnas», otro de esos topicazos de laboratorio, y no se dan cuenta de que menos en juegos como el chinchón o el golf, en la vida solo se gana sumando.