Compostela Vintage: Una noche en el Gran Circo Feijoo

Un salto a 1916 para ver en el Royalty el mayor espectáculo del mundo


Después de viajar a 1918 para conocer a Enrique Rajoy Leloup, abuelo de Mariano Rajoy, se me ha quedado el cuerpo triste. ¡Tanta austeridad y tanta tontería, hombre ya! Así que, aprovechando la indumentaria y el dinero de la época que me he traído del mercadillo de antigüedades que se celebra los sábados en Correos, he decidido quedarme un día más por estos lares y darme un homenaje que me desatasque la sonrisa. Como voy bastante documentado, me moveré dos años hacia atrás en mi Vespa del tiempo -la tengo convenientemente escondida en unos matorrales de Conxo como objeto extemporáneo que es- para situarme en la Compostela de 1916; no hagan planes; los llevo directamente a la noche del 10 de mayo de ese año.

En el bolsillo de la levita me he traído dos localidades que compré por Internet, con previsión, en una página de coleccionismo. Son oro en paño: la puerta de entrada al mayor espectáculo del mundo que, a principios del siglo XX en Galicia, tiene nombre propio: El Gran Circo Fejioo. Sí, hagan chistes, que nos reímos todos.

La cita es a las nueve de la noche en el Teatro Royalty. En 1916, El Royalty lleva solo tres años construido. Es un teatro de variedades que ocupa parte del solar en el que se levantaba el palacio de la Inquisición y, en el 2013 desde donde me leen, el Hotel Compostela. El Royalty lo demolerán en 1927 pero, hasta entonces, todavía le quedan muchas tardes y noches gloriosas.

Llego justo a tiempo y me asalta en la puerta la primera sorpresa.

-Buenas noches, ¿su localidad?

-Buenas noches, aquí tiene, joven. ¿Es usted Manolito, el hijo de Secundino Feijoo?

-Sí señor, el mismo. Que pase una buena función.

El chaval que me acaba de recibir es Manuel Feijoo (1897-1969), hijo del mítico empresario circense de Vilanova dos Infantes (Ourense) Secundino Feijoo López, gran promotor del circo moderno. Me muero por decirle que llegará incluso más lejos que su padre en este mundillo. Pero he venido a lo que he venido: al espectáculo.

Me siento justo al lado de un colega, el periodista de La Gaceta de Galicia, que ha venido a cubrir la función mandado por don Francisco Vázquez Enríquez. Prefiero no advertirle de que es mejor que se vaya buscando la vida en otro medio, pues la cabecera para la que trabaja cerrará inevitablemente el 30 de noviembre de 1918; no me acostumbro a que cierren periódicos ni en el pasado.

De repente, se apaga la luz. Largo redoble de tambor. Platillos. Bombo. «¡Muuuy buenas noches y bienvenidos a la función de esta compañía internacional, ecuestre, gimnástica, acrobática, excéntrica, cómica y taurina que es el Gran Circo Feijoo!», dice una voz a través de un megáfono de lata. Ovación. Las casi dos horas siguientes serán de pura emoción. Hoy debutan en Compostela los míticos hermanos Jacowlew, que pedalean en posturas imposibles con sus bicicletas dentro de La Corbeille de la Mort (La jaula de la muerte). Cuentan que el pequeño se mató haciendo esto. «Les Fréres Jacowlew, champions du monde, sur pneus Hutchinson», [Los hermanos Jacowlew, campeones del mundo sobre neumáticos Hutchinson], dice la postal que me ha dado Manolito Feijoo en la puerta.

Es una oportunidad única para ver a los Jacowlew. La gente grita al ver las piruetas temerarias de estos ciclistas. Nos ponemos en pie. Mi colega el periodista se emociona tanto que se levanta de la butaca, se echa las manos a la cabeza y grita: «¿Ha visto eso? ¿Ha visto eso?».

«Dicen que es hoy la mayor atracción de Europa», le digo.

-Y no me extraña. Este Feijoo siempre trae lo mejor, tiene vista. ¡Y empezó tocándole la gaita a unas vacas, hay que fastidiarse!.

«El Gran Circo Fejioo dará mucho que hablar, estoy seguro», le respondo. Fantástica está también la señorita María en el trapecio. Y elegantísima la equilibrista Miss La La con sus incomparables ejercicios sobre el alambre. No es la que pintó Degas en 1879, claro, es otra.

«¿Ha visto eso? ¿Ha visto eso?», no deja de repetirme mi colega de La Gaceta, entusiasmado con los ejercicios de los hermanos Chauffeur y la belleza inconmensurable de las jóvenes Milville, que hacen cosas terribles con los dientes. «Prepárese, que ahora salen Les Lecusson, fantásticos acróbatas de salón», me avisa el reportero. Qué bien me lo estoy pasando.

nacho.miras@lavoz.es

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