«La oferta artística se redujo»

Afirma que la danza vivifica y elimina las tensiones personales

SANTIAGO

santiago / la voz

El 29 de abril es el día de la danza, que en Santiago tiene nombres propios. Y uno es Martha Franco. El amor hizo que esta colombiana pusiese sus pies en una Compostela que no le sonaba hace casi tres lustros. Y aquí se quedó, no sin antes vencer incordios como la lluvia, pertinaz ella, los encuentros en las cafeterías en vez de en las casas y la cerrazón de los gallegos. Pasó un año «hablando mal» del carácter de los compostelanos. Doce años después todos esos sinsabores se difuminaron: le gusta Compostela, conecta con su gente y hasta transita con deleite por las distintas estaciones del año.

Venía como directora de márketing de una multinacional en Colombia, pero al no encontrar trabajo en ese campo se adentró de lleno en la danza. Solo que, en vez de afición como hasta entonces, como actividad profesional. El punto de partida fue un curso sobre la danza del vientre, pero terminó montando un local amplio y luminoso para transmitírsela a otras personas.

«En Santiago había otro tipo de danzas, pero no la danza del vientre», aduce. Desde la capital gallega, su saber recorrió entre el 2002 y el 2005 otros muchos lugares de Galicia. Durante años estuvo empapándose de una gran diversidad de danzas del mundo, que configuran su peculio artístico, e investigó las técnicas corporales, expresivas y del movimiento, así como sus efectos en la vitalidad humana.

El movimiento y la corporalidad de la danza funcionan a modo de terapias para personas «que llegan estresadas, con incertidumbre o miedo». Esas personas, dice Martha, van sanando poco a poco. En la danza el cuerpo y la mente van unidos.

Su quehacer no se limitó a su actividad académica y a los cursos: «Le he regalado a la ciudad un festival multicultural durante seis años». Ese festival, «Moven, cult&danza», concentró en Compostela a inmigrantes de distintos sitios del planeta que compartieron sus diferentes ritmos. Una maravilla que fue creciendo, pero no a la par los recursos. Y se apagó. No así el centro cultural Gaira que ella creó para difundir la danza y sus virtudes.

Mas la crisis también llegó a estos pagos artísticos. «Hasta en las clases del centro sociocultural Gaira ha disminuido la asistencia», lamenta Martha. En ese escenario de bolsillos flojos programó desde la asociación cultural una danza holística, económicamente accesible, pero no tuvo demasiada acogida. Más éxito cosechó la puesta en marcha de un laboratorio de movimiento de danza holística. Por cierto, siempre con aplastante representación femenina. Los hombres aún ahuecan el ala, cohibidos, en estas lides.

Bloqueo corporal

Lo que ha constatado Martha es un bajón en la dinámica artística. En el bienio 1999-2000 «había actuaciones de todo tipo. Era una delicia. Con el tiempo ese caudal ha ido bajando y hasta nos quitaron la música sacra de Semana Santa. Es una pena, porque a mí me gusta que traigan arte de cualquier sitio del mundo». También deplora el triste final de las danzas de la sala Galán («era un espectáculo precioso») y el cierre del Yago. Martha se muestra convencida de que la gente está abierta a otras iniciativas «pero lo cierto es que la oferta disminuyó».

En esta sociedad tan veloz y estresante, la danza podría tener un protagonismo con su virtualidad benéfica: «Estou convencida de que a través del movimiento y del cuerpo muchas cosas que se padecen se curan». Explica que el movimiento y el cuerpo se bloquean, las tensiones se acumulan y «eso crea algo por dentro que si no le das salida produce un desequilibrio emocional». Con ese nocivo panorama personal, la danza «es un regalo para uno mismo, un oasis». Y no es cuestión de edades o limitaciones físicas. Hay espacios para cualquier persona y cualquier edad.

Martha tardó un poco en familiarizarse con Santiago. Llegó de Colombia vía Berkeley, la ciudad más pluricultural y abierta de los Estados Unidos, y tropezó con el carácter muy diferente de Compostela, ciudad que a su vez terminó imbuyéndose de pluriculturalidad y universalidad. Con este Santiago hizo pronto migas la profesora de danza colombiana. Pero hay algo que sí caló desde un principio en Martha: la alfombra verde que puebla la ciudad: «Me gustan mucho las zonas verdes y agradezco que se sigan respetando esos espacios». Incluso al lado del local de Gaira, en Santa Marta, palpó esa deferencia urbanística. «Cuando llegué aquí había esta iglesia y ovejas. Construyeron edificios, pero dejaron unas zonas verdes preciosas».

Martha tira hacia los espacios abiertos y disfruta de los encantos de la ciudad. «Caminar por la zona vieja es un lujo», resalta. Lo es también contemplar los jardines recuperados de las casas antiguas: «Es una pasada». Se le va la retina mental hacia la huerta de San Domingos y la ensalza. Enfila luego el Pedroso, los senderos fluviales,... El recorrido es largo. Martha suele hacer sus paseos acompañada de su perro y agradece la facilidad que halla en Compostela para caminar con animales. Pero claro, aunque dejó de guerrear contra los paraguas, la tregua está cogida con pinzas. «Que llueva es una faena», confiesa.

¿Y Santa Marta? Le gustan los vecinos, la iglesia de enfrente y, por qué no, que el barrio se llame como ella. No buscó esa afinidad nominal. Fue el azar. Como lo es que Gaira esté en Santa Marta, igual que en Colombia. Lo que no le agrada del barrio es el estado de los arcenes: «Nos hace cambiar a menudo las ruedas de los coches».

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