? La publicación de «El espíritu de Filadelfia» constituye un acierto debido a que rememora un hito de la OIT que hoy es de especial interés debido al escenario económico
29 ene 2012 . Actualizado a las 06:00 h.Este libro del francés Alain Supiot -doctor en Derecho y docente en las universidades de Poitiers, Nantes y Lovaina- versa sobre uno de los hitos más influyentes y también más olvidados de la historia del trabajo y, por tanto, de la economía del siglo XX.
El 10 de mayo de 1944, cuatro semanas antes de que las tropas aliadas desembarcaran en Normandía para acabar con la locura hitleriana, en una de las ciudades más europeas de Estados Unidos y con motivo de la 26.ª asamblea internacional de la Organización Mundial del Trabajo (OIT) -entidad constituida en 1919-, se firmó la histórica Declaración de Filadelfia.
Los delegados de la OIT en Europa y Norteamérica, que constituían el núcleo de la organización, habían comprobado que el concepto de trabajo que el nazismo estaba implantando en los países ocupados era básicamente corporativista y en algunos aspectos, esclavista; también habían vivido los efectos mundiales de la Gran Depresión de 1929, crac financiero que causó miseria e incluso hambrunas más o menos extensas en todos los países desarrollados y, por si fuera poco, habían padecido la ineficacia de la Liga de Naciones, que no solo fue incapaz de hacer bueno el acuerdo de paz sucrito en Versalles en 1918, sino que además nada supo, pudo o quiso hacer para poner coto al deterioro económico, social y político que propició el auge de los autoritarismos ultranacionalistas durante la década de 1930.
Con esos antecedentes y todavía activa la Segunda Guerra Mundial, la Declaración de Filadelfia constituyó un aldabonazo y sus significados y efectos fueron más allá del mundo del trabajo.
De hecho, apenas un lustro después, los principios enunciados por la OIT sirvieron de base para la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por la asamblea general de la jovencísima Organización de las Naciones Unidas (ONU) el 10 de diciembre de 1948, en París; sin olvidar que la presidencia de ese cónclave reconoció que entre los cimientos del texto aprobado el más sólido era la Declaración de Filadelfia
tres pilares, solo tres
Los principios básicos de la Declaración de Filadelfia, recogidos íntegramente en París, eran tres, solo tres, pero claros y carentes de los equívocos que ahora tan en boga están en materia política e incluso en el ámbito jurídico y en en no pocas leyes:
1. El trabajo no es mercancía;
2. La libertad de expresión y de asociación son esenciales, también en el mundo laboral, y
3. «La pobreza en cualquier lugar constituye un peligro para la prosperidad en todas partes», por lo que «el combate contra las carencias se debe desatar con vigor implacable», así lo precisa el texto original, sin ambages ni medias tintas.
CUATRO PUNTOS ESENCIALES
Medio siglo después de ser aprobada en París la declaración de derechos humanos y 54 después de su inmediata antecesora, la de Filadelfía, hace ahora casi 14 años, en 1998, la OIT aprobó los que se han dado en llamar derechos básicos laborales, si bien su denominación oficial es Normas fundamentales del trabajo; que han sido suscritas por prácticamente todos los Estado miembros de Naciones Unidas -en todo caso, los 27 países socios de la Unión Europea la han ratificado-, y que cabe resumir en cuatro puntos:
1. Libertad de asociación y derecho a la negociación colectiva;
2. Abolición de toda forma de trabajo forzoso u obligatorio;
3. Abolición efectiva del trabajo infantil, y
4. Abolición de la discriminación -incluidas, por descontado, las de orden étnico y sexual- en materia de empleo y ocupación.
Hoy, el libro de Supiot y el hito de Filadelfia están, sin duda, en la trastienda de la más rabiosa actualidad.
PILAR CANICOBA