... y el encanto de los feos

no son los guapos de la película, pero sí los que conquistan el corazón de la bella dentro y fuera de un plató. las caras bonitas sonríen, las otras ponen a prueba su poder de seducción


Quizá todo empezó con Frankenstein, ese loco invento que perpetró la imaginación de Mery Shelley en una noche de tormenta junto al lago, o quizá mucho antes. Pero hay dichos que aún hoy asocian la fealdad masculina a la belleza. No está el hombre para tomar al oso como referente, con todo lo que nos ha hecho ganar en igualdad el mundo de la cosmética, pero ellos siguen haciéndose guapos con esa clase de cualidades superfluas en un Adonis... y a veces en una mujer. Los feos se convierten en guapos a fuerza de carácter, ingenio, sentido del humor, delicadeza o actitud, y es así, con esa belleza que emerge de lo que no se aprecia a primera vista, como hechizan a Afrodita o a la beldad del cuento. En la realidad y en la ficción. En su novela La delicadeza, advierte David Foenkinos sobre el personaje de Markus, un punto hipster, que, aunque el aspecto del joven es más bien desagradable, tampoco puede considerarse feo. ¿No es poner en cuestión la belleza de alguien descubrir el primer indicio de fealdad? «Soy lo suficientemente feo y lo suficientemente bajo como para triunfar por mí mismo», dijo una vez Woody Allen. Eso es actitud. Lo demás, películas.

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