El próximo viernes hará 44 años de que Barnard asombrase al mundo con el primer transplante cardíaco.
27 nov 2011 . Actualizado a las 06:00 h.«No me pienso jubilar ni a los 67». Lo dice Manuel Arrese Manrique, que hace apenas un mes sopló los 59, aunque su fiesta de cumpleaños la celebra, desde hace 15, cada 8 de agosto. «Me tomo no una, sino dos copas de champán», enfatiza quien lleva tres lustros con un corazón rescatado de la muerte. «Le dieron uno especial, de primera», bromea Ricardo, cliente y sin embargo amigo. En el Asador Castellano de A Coruña, donde «puede comer el cordero que quiera -publicita el hostelero- porque no tiene colesterol», Manuel ejerce su oficio: vende vinos. Es un trasplantado en activo al que la donación le regaló el mejor de los futuros posibles: vivir siempre en presente. «Cada día me acuesto sin saber si despertaré, pero estoy mejor ahora que antes de ponerme malo; si no es por las pastillas, ni me acuerdo de que estoy trasplantado», asegura. Fácil inclinar la balanza hacia el ahora para quien el camino a un latido nuevo lo tuvo prácticamente tres años, tres, hospitalizado.
«Tienen que verme, es que la gente tendría que verme para saber cuántas cosas se pueden hacer», insiste cuando se embala a hacer de la donación apostolado. Sale con los amigos, va al cine, come («donde me pilla el trabajo»), echa una mano con la medicación en la residencia de ancianos La Obra de la Señora, y vibra con el fútbol. En especial con el Bilbao, el mismo que jugaba aquel 8 de agosto del 96 cuando, nada más despertar de la cirugía que le cambió el corazón, reclamó un transistor para escuchar el gol de su vida. Estaba en el Chuac, el hospital coruñés, un centro del que apenas había oído hablar y al que llegó prácticamente desahuciado. Porque Manuel es un madrileño renacido en Coruña.
No bromea cuando asegura: «Yo, en la vida, he tenido mucha suerte con la salud». Y lo explica. Tenía 41 años y hacía lo que mejor sabe hacer, vender, cuando le dio el primer infarto. «Ahí tuve la primera suerte, porque estaba en Tomelloso, visitando a un cliente, teníamos que ir a su fábrica y él insistió en llevar un solo coche, si llego a llevar el mío...». Ochenta kilómetros lo separaban del hospital más cercano, en Ciudad Real, adonde llegó clínicamente muerto. «Y tuve la segunda suerte, un médico joven se empeñó en reanimarme». Llevaba tres minutos sin latido. Estuvo 45 días en la uvi, tuvo cuatro infartos más y tuvieron que hacerle una traqueotomía: «No había manera de sacarme de allí, cada vez que intentaban desconectarme, infartaba». Fue allí donde Manuel vio, por primera vez, un electrocardiograma. Nunca antes había estado enfermo.
Un «bicho» dentro
En el tren de viaje a casa, su hermano le confesó que solo esperaban un desenlace fatal: tenía solo un 28 % de función cardíaca. «¿Qué significa eso? Pues que solo podía ir de la cama al baño o al sillón, no podía ni andar». Poco sospechaba que, sin embargo, apenas comenzaba su peregrinaje más penoso. Lo ingresaron en el Ramón y Cajal, un gigante hospitalario que conoce como la palma de su mano. «Pasé por sus cuatro secciones, pillé una huelga de médicos cuando justo me iban a operar... Pesaba 45 kilos, tenía un agujero en la garganta y estaba gris», resume.
Tres baipases coronarios le dejaron una herida que solo el azúcar («Sí, sí, me echaban sobres de azúcar») consiguió hacer cicatrizar y un virus quirúrgico que se tragó la mitad del esternón: «Lo tengo cosido con un alambre». Atado al miedo a un nuevo susto, tuvo tiempo, mucho tiempo, para oír el tictac de su particular bomba de relojería. «Me dio por escribir un libro, era uno más del hospital», recuerda. El día que le iban a dar el alta, cayó de nuevo desplomado. Era su sexto infarto y entonces, por primera vez, pensaron en un trasplante.
Cambió de habitación, no de hospital. «Cuando los médicos venían a ver a otro paciente, ya le decían: «Que te cuente Manuel lo que te vamos a hacer, que sabe más que nosotros». Tenía una peña con las enfermeras para jugar a la lotería, los domingos comía con ellas en su sala... Y vi morir a mi compañero de cuarto, era Nochevieja», cuenta. Así fueron pasando casi dos años, hasta que llegó el día en que los doctores se pronunciaron: el bicho infeccioso que llevaba dentro desaconsejaba el trasplante. «Me mandaron para casa en Reyes y empezó la historia más interminable de mi vida -continúa-; cada tres días me hinchaba como una pelota, tenía que ir a urgencias, me pinchaban y volvía a casa: acabé por alquilar un apartamento frente al Ramón y Cajal, solo tenía que atravesar el puente de la M-30. Muchas veces pensé en tirarme».
«En una de esas urgencias tuve la tercera suerte -explica-, me encontró tirado en la camilla una de las doctoras que me había operado». Lo ingresó y le propuso derivarlo a Valladolid para probar algo nuevo, utilizar parte de su músculo de la pierna para intentar una alternativa. Pero el viaje siguió hasta A Coruña. «El conductor no conocía, paró primero delante del Teresa Herrera y muy pequeño me pareció a mí el hospital, ni siquiera me bajé de la ambulancia». Era mayo del 96 y llegaba al Chuac, entonces Juan Canalejo. El equipo del añorado Fifo Hermida le dio en junio el o. k. Lo trasplantarían. «¿Pero si tengo un bicho?, le insistí Pero me dijo que daba igual, que iban a intentarlo», recuerda Manuel. Se alojó en el Hotel de Pacientes: «Que se convirtió en mi casa, era como una familia». El 1 de agosto, el conserje, Lete, lo vio fatal. «Otra suerte, la cuarta que tuve. Él me llevó a los médicos y entré en alerta cero». El primer corazón que apareciese en España, sería para él. Y llegó. Lo operó una semana después el doctor Cuenca y recuerda despertar de la cirugía «rodeado por dos tíos de verde, solo se les veían los ojos: eran mis hermanos». Asegura que sintió el soplo de vida de inmediato. «Al día siguiente -concluye- ya no estaba gris».
Por Rosa Domínguez + fotografías de César Quian