Las naranjas del Atlántico

? Fernando Salgado

SANTIAGO

? El grueso de la producción española de naranjas y limones se concentra, hoy por hoy, en la huerta levantina. Los suelos y el clima gallego no resultan propicios para el cultivo de cítricos y, sin embargo, durante un dilatado período histórico, que abarca desde el siglo XVI al XVIII, Galicia exportaba cantidades significativas de agrios a diversos países europeos. Numerosos testimonios, exhumados por Antonio Meijide Pardo, certifican la pasada pujanza, que incluso tuvo su reflejo en algunas costumbres festivas en la zona del Lérez.

02 oct 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Carnaval de 1675. Los caballeros de Pontevedra se dan cita en la plaza de la Herrería para, desde sus monturas, enzarzarse en una batalla a naranjazo limpio. Celebraban así, festivamente, el día de Carnestolendas. Mientras se desarrollaba la escaramuza irrumpió un nuevo jinete, Miguel Dinís, «y quiso entrar también a tirar naranjas», pero los caballeros le hicieron el vacío, se apartaron a un lado y los muchachos lo expulsaron de la plaza a pedradas. La inquina al tal Dinís se debía, probablemente, a su origen judío, ya que el relato de su desventura figura en un expediente de limpieza de sangre al que hace referencia Filgueira Valverde en su Adral.

¿Fue aquella festiva batalla de las naranjas un hecho aislado sin antecedentes ni continuidad? Ni mucho menos. Cien años después, las ordenanzas municipales de Pontevedra prohibían a los vecinos que se tirasen unos a otros limones y naranjas en las romerías populares «con pretexto de regocijo». Argumentaba el consistorio que ello daba lugar a «muchas riñas y pendencias». En algunos años -1767 y 1777, por ejemplo- el concello llegó a imponer multas de 20 ducados a los infractores de la norma. Se trataba, por tanto, de una costumbre arraigada en la capital del Lérez, una comarca donde, según el padre Sarmiento, «no sobra otra cosa que limones, limas, naranjas y chinas».

Abundan los testimonios que corroboran las palabras del benedictino. Algunos tan antiguos como el de Ambrosio de Morales, cronista oficial de Felipe II, que en su viaje a Galicia, en 1572, se sorprendió por la profusión de naranjales en el vergel de los monjes de Lérez. «El sitio es delicioso y no hay más naranjos y arrayanes en Córdoba», dijo el ilustre viajero.

LA FRANJA COSTERA

Si el Lérez despunta como principal núcleo productor, el cultivo de agrios se extendía por toda la franja litoral de Galicia. Incluso, de hacer caso al diccionario Madoz, las riberas miñotas de Ourense y Ribadavia y algunos valles abrigados del Sil se hallaban «coronados» de naranjos y limoneros.

La riqueza cítrica de toda la zona costera ha sido resaltada por diversos autores que la visitaron. De Ribadeo, principal distrito productor de la Galicia cantábrica, dijo el licenciado Molina, a mediados del siglo XVI, que era «un pueblo de gentil arboleda, en especial de naranjos». El mismo autor calificó a Pontedeume de «vergel de Galicia» y Madoz enumera, entre las «ricas y sabrosas frutas» de la zona, las limas y las naranjas.

En la ría de Ferrol se cosecharon agrios desde tiempos remotos y en Neda ya hay constancia de embarques desde las postrimerías de la Edad Media. Betanzos era considerado el gran emporio frutero del norte de Galicia y hubo años, a comienzos del siglo XVII, que se cargaron más de cien buques de fruta con destino a Francia, Lisboa y Sevilla. En Noia, si notable era el comercio de sardinas, «no menor era el de los agrios», escribe Manuel Murguía. Y en el Val Miñor también se obtenía, a decir de José Cornide, «limones, naranjas y otras frutas».

AGRIOS PARA LA EXPORTACIÓN

A partir del siglo XVI, los cítricos gallegos son exportados a diversos países europeos. Según Meijide Pardo, «los puertos expedidores de máximo vigor» eran Ribadeo, A Coruña, Pontevedra y Baiona. En aquel entonces zarpaban de Pontevedra o de Marín hacia Italia, según constata Murguía, navíos con «ricos cargamentos de sardina, vino del Ribero, lienzos, encajes y agrios». A Inglaterra se exportaban vino y agrios del valle del Salnés, los viñedos del Ribeiro y las campiñas de Pontevedra. Francia conformaba otro de los principales mercados de la fruta gallega.

LA DECADENCIA

El comercio exterior de frutas comienza a decaer en el siglo XVIII y prácticamente desaparece en la centuria siguiente. Primero se produjo el colapso de las remesas a Inglaterra, que, según Meijide Pardo, arruinó aquel importante «ramo de la industria» pontevedresa en favor de Portugal. Después, en el flanco oriental de Galicia, emergió la competencia de los agrios asturianos y cántabros. Y finalmente, «los suministros portugueses y levantinos lograron desalojar virtualmente del mercado europeo a la fruta de Galicia en la primera mitad del siglo XIX».

Dos historias, separadas por casi trescientos años, ilustran sendas épocas: el esplendor del siglo XVI y la decadencia del siglo XIX.

En los últimos días de 1578, el francés N. Hamon, patrón del buque La María, fondeado en aguas de A Coruña, negocia con F. González, un vecino del coto de Bergondo, la compra de 500 millares de naranjas. Conciertan el precio en 2 reales y 20 maravedís el millar, y acuerdan que la mercancía será entregada «en la ría y pasaje del Pedrido, a orillas del mar».

El estudio de Meijide Pardo «La antigua exportación de agrios en Galicia», publicado en la vieja y espléndida Revista de Economía de Galicia, ofrece varias operaciones mercantiles en el siglo XVI similares a la citada. Sin embargo, al llegar al siglo XIX las referencias desaparecen. El Diccionario Madoz, por ejemplo, solo registra una partida de 11.000 limones embarcados en el puerto coruñés en 1843 y otra remesa de 2.000 en el de Muros dos años después. El zumo gallego se había evaporado.

Al igual que en la Pontevedra de antaño, en la ciudad piamontesa de Ivrea aún hoy se libran batallas de naranjas durante el carnaval. En la foto inferior, naranjo en la plaza lucense del Comandante Manso | archivo | óscar cela