¿El ser humano pisó la Luna?

Fran Armesto

SANTIAGO

29 sep 2011 . Actualizado a las 18:22 h.

Hace poco tiempo que llegaba a todos los medios de comunicación una noticia que para muchos ha sido un poco desconcertante: La NASA hace públicas unas nuevas fotografías de la superficie lunar en las que se observan las huellas de la actividad humana de pasadas misiones. Era, dijeron, la prueba irrefutable de que habían llegado a ella, de que las misiones Apolo no fueron una mentira. ¿Hacía falta este testimonio?

Pensar críticamente

La noticia es uno de esos ejemplos que, por extraño que resulte, parece dar más crédito a la opinión que pretende combatir que a la que defiende. Es como ese dicho popular que muchas veces alimenta la desconfianza al sentenciar «cuando el río suena, algo lleva». Ofrece, por eso, un buen recurso para comenzar este nuevo curso escolar, pues pone en evidencia algunos de los objetivos más importantes de la educación en ciencias, como son la capacidad para pensar críticamente, para valorar con autonomía e independencia el grado de veracidad de la información que recibimos, para reflexionar sobre las bases de nuestro conocimiento (¿A quién podemos hacer caso? ¿Cómo debe ser la información que nos creemos? ¿De dónde sale? ¿Cómo distinguir lo que es falso?, ¿Dónde está el límite entre la realidad y la ficción? etcétera).

Los científicos son humanos

Para empezar sería bueno acordarse de que la ciencia es una actividad hecha por personas que se han instruido en la práctica del método científico, pero que tienen ambiciones, debilidades y conceptos morales; por cierto, como todo el mundo. Por eso, entre los científicos podemos encontrar la misma diversidad humana que en otras disciplinas como la economía, la política o los deportes. Aunque abundan los honestos y trabajadores, también hay tramposos, ignorantes, vagos o egoístas.

Tanto la historia de la ciencia como la actividad actual ofrecen numerosos ejemplos de científicos que han conseguido engañar a casi todo el mundo durante más o menos tiempo. El hombre de Pildown, por ejemplo, es uno de los más clásicos fraudes de este tipo. Dos investigadores ingleses afirmaron que unos restos óseos, encontrados en Inglaterra en 1912, pertenecían al eslabón perdido de la evolución humana. Habían manipulado las pruebas para que los fragmentos coincidieran con lo que pensaba la comunidad científica sobre la evolución humana; que debería haber existido antiguamente un ser que reuniera características simiescas y humanas. Y así, con la falsa reunión de dientes de orangután y un cráneo humano determinaron el debate sobre el origen del ser humano durante 45 años. Pero es posible que sean más populares otros casos más recientes, como la de unos científicos que anunciaron haber descubierto una fuente de energía que iba a salvar al mundo de su dependencia del petróleo, la fusión fría. Habían conseguido nada menos que reproducir en laboratorio, y a baja temperatura, las reacciones nucleares que suceden en las estrellas.

Descubrimientos validados

Una de las convicciones que mantienen todos los científicos es que el universo se comporta igual para todos, es decir, que las manzanas caen tanto en Pekín como en Lugo. Todos los conocimientos científicos aceptados como verdaderos han sido verificados por muchos investigadores. De ahí que los experimentos que se proponen como pruebas de un descubrimiento han de compartirse con la comunidad pues es ella la que valorará su certeza. Esta es una de las funciones que tienen las revistas científicas donde se publican las investigaciones, que todos puedan comprobar su veracidad.