Escúteres, la sonrisa del sol y Lady Gaga


el tofu apestoso es una delicatesen. Cuanto peor huele, mejor sabe

Taipéi es una ciudad vertiginosa, en la alturas y a ras de suelo, un Blade Runner sin polvo, acogedor, con scalextrics y vías de ferrocarril surcando el cielo, y un metro tan impecable que se puede comer sobre el piso de sus andenes. Arriba, en el asfalto, los coches, que llevan cámara en el parabrisas para levantar atestado de posibles siniestros, juegan y pierden: estamos en el imperio del escúter, 27 millones matriculados en la isla, otra industria taiwanesa. Las dos ruedas son el utilitario de las familias en esta ciudad insomne, atravesada por fantásticos mercados nocturnos en perfecto desorden: carne de serpiente que prohíben fotografiar, corbatas y calcetines, gafas de sol, comida cantonesa, camisetas, ruidosas máquinas de pachinko, peces de colores, deuvedés, cortes de pelo, bolsas de té... En el night market de Shilin, uno de los más impresionantes de esta ciudad de Jade con tres millones de habitantes, se mezclan sabores, olores y sonidos como en un avispero. Cuando cae la noche (en Taiwán se come a las doce del mediodía y se cena a las seis de la tarde) se desliza en las sartenes el tofu -especie de queso de soja fermentada- con el peor olor del mundo. Por algo se llama tofu maloliente, y tiene una merecida fama: cuanto peor huele, mejor sabe. No es la única paradoja de Taipéi. A la caída del sol, justo cuando en otros puntos del planeta el mundo está de retirada, la ciudad palpita con más fuerza, desaparecen los paraguas, usados para prevenir insolaciones, el calor declara una tregua.

La República de China no muere en Taipéi. Formosa continúa hermosa hacia el sur. A cuatro horas de camino de la capital, entre escarpadas montañas, surge un paraíso opuesto al made in Taiwán de las etiquetas de los transistores. Mientras en las ciudades celebran el centenario de la nación, aquí algunos árboles ya nunca cumplirán 2.000 años. Viejísimos y enormes, estos monumentos verdes en peligro de extinción (hace cien años había 300.000, hoy 400), convierten este territorio en patrimonio de la humanidad sin premio. La Unesco, denuncia el Gobierno taiwanés, solo concede títulos a la China continental. En la cordillera, con decenas de colinas que superan los 2.500 metros de altura, se representa todas las mañanas uno de los espectáculos más luminosos e inolvidables, la salida del sol (la sonrisa del sol) saludada con una ovación que pone la piel de gallina. En las faldas de estas montañas, en las que el feísmo no ganaría ni un partido amistoso, viven algunas de las tribus aborígenes taiwanesas. En el poblado de los Yuyupa, sus habitantes cultivan el que, presumen, es «el mejor té rojo del planeta».

Esperando a Zara

A pesar de ser una potencia económica, en Taiwán, a 11.600 kilómetros de Galicia, no existe un Zara que llevarse a la boca. «Llevamos 20 años [justo desde las primeras elecciones democráticas] intentando que llegue, y ahora parece que sí se va a instalar. Los jóvenes están impacientes», sonríe Carmen Tsai. Aun así, Taipéi es poco recomendable para los indecisos: la oferta de prendas de vestir es infinita. Taiwán es cool también.

A menos de tres horas en avión de lugares más mediáticos, como Hong Kong, Tokio, Singapur o Seúl, Taipéi compite por convertirse en puerta del mundo a Asia. Implantado hace ya décadas el capitalismo, los taiwaneses sacan provecho a su revolución económica y se dejan querer por la cultura occidental. Los jóvenes se retratan con los visitantes europeos. «Para nosotros, son exóticos, como nosotros para ustedes», apunta un taiwanés de pro, Shun Yun, mientras dispara una foto. En los restaurantes patrios suenan por los altavoces canciones de los suecos Abba, y la música de la histriónica cantante Lady Gaga, que visitó la isla el mes pasado, anima las calles. En el tradicional concurso de bandas de Chiayí, a 400 kilómetros de la capital, dos de las agrupaciones participantes interpretan, y clavan, uno de sus temas.

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