Esa es la cuestión. ¿Merece la pena quejarse de los arbitrajes o, como viene haciendo el Obradoiro durante toda la temporada, es preferible mantenerse al margen de ese dilema?
Es un debate eterno. Y el Obra también está siendo ejemplar en esta materia. Evidentemente, el ascenso directo no se va a decidir solo por decisiones como la técnica de Nguema en La Palma o la inexistente falta pitada a Ruffin en Huesca, por más que ambas fuesen acciones determinantes en las derrotas santiaguesas. Otras veces los árbitros se equivocan a favor.
Lo que cuesta es entender que no viesen la falta que le hicieron a Kendall y que propició la reacción de Nguema. No hace mucho, le pitaron una personal en ataque a Andrés Rodríguez, en Sar, inconcebible, cuando dejaba una bandeja. Con Washington, por razones que escapan a la lógica, parece abierta la veda, porque recibe mucho más de lo que le pitan. Siguen siendo errores de apreciación. De bulto, pero queda siempre el beneficio de la duda.
Lo que resulta más difícil de justificar son arbirajes como el del día de Tarragona, porque consintieron la batalla en el aro catalán y pitaron los roces en el santiagués. Las diferencia de criterio son incalificables.
En cualquier caso, hace bien el Obradoiro en tratar de abstraerse de los arbitrajes. Pero el tener fair play no quiere decir que no sienta ni padezca.