El peluquero cierra tras 61 años de trabajo la barbería más antigua
21 feb 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Juan Ramón Bonino se va, y con él la barbería Bonino, que lleva funcionando de forma ininterrumpida desde hace 103 años. Desde 1908, cuando un tío de Juan abrió el negocio y lo continuó su padre Moncho. A él le tocó estrenarse a los 9 años. Quiere ello decir que dejará las tijeras y la navaja tras 61 años de ejercicio. Zapatero se alegrará de lo que lleva cotizado. «Huy, deje eso. No siga por ahí», se ensombrece momentáneamente su rostro. Su progenitor había manejado 70 años la maquinita.
Juan nació en Sar, en donde nadie cerraba las puertas de sus casas («no había nada que robar»). Su familia emigró pronto a las nuevas viviendas de A Choupana. Iba al colegio del barrio, aunque a veces se equivocaba y aparecía en el Principal. Sus primeros cometidos en la peluquería de la plaza de Galicia, que no ha mudado su fisonomía desde 1908, fueron atender a la clientela, barrer y hacer recados. Un día blandió la navaja e hizo su primer afeitado de patilla. «La navaja me saltó de la patilla al mentón, pero no produje ningún corte. Salvé dignamente la papeleta». A los clientes habituales, la barbería tenía la costumbre de recortarles los sábados las patillas sin cobrar.
De vez en cuando, Juan se daba un respiro y curioseaba a los visitantes de la pensión Nueva España o del hotel Estrella (regido por el padre de Fernández Albor) justo enfrente, rodeados de huertas. Y de higueras, que a menudo recibían la visita del niño Juan. Tanto él, ya juvenil, como su padre dejaban a veces la maquinita del corte y se tomaban una chiquita en la taberna Arufe o en el Estradense. Algún cliente, en vez de aguardar en el sillón, les seguía con la cara enjabonada y a medio afeitar.
La nostalgia («sí, soy muy nostálgico, qué le voy a hacer») se apodera de Juan al recordar las viejas escenas de peluquería. «La gente hablaba, comentaba. No tenía prisa. Era todo muy tranquilo y relajado. Hoy el cliente apenas habla o lee el periódico, quiere acabar pronto y eso te hace sentirte tenso y presionado». Al compás del cambio social, evolucionaron a partir de finales de los 60 y principios de los 70 los instrumentos, los usos y las demandas: «La gente pedía antiguamente el corte de pelo de antes de la guerra y el estilo káisser». Hoy hay tantos estilos como cabezas.
En una plaza presidida por el Castromil, y con un bullicio humano indescriptible, los jueves feriales la barbería era un hormiguero: «Venía gente que se afeitaba y no volvía a hacerlo hasta la feria siguiente». Las vacas, que iban dejando sin pudor regueros de boñiga, se quedaban fuera o en los bajos de lo que luego sería el comedor del Hotel Compostela, previo alquiler.
Momento triste
Hace treinta años, Juan se quedó solo con el negocio, y durante un tiempo trabajó con él su hijo: «Cuando se marchó a otro empleo lo eché mucho de menos». Un día se fue también el edificio Castromil. El peluquero fue testigo privilegiado (o desventurado) del magnicidio arquitectónico: «Llorar no lloré, pero me faltó poco. Fue un momento triste». Intuía, como los demás tenderos de la zona, que el comercio iba a aflojar, como así sucedió. La plaza de Galicia perdió su vocación de centro neurálgico de Santiago.
Bajo los cimientos del viejo Castromil, se excavó un párking. Juan me enseña varias hendiduras en el enlosado de la barbería: «Son grietas producidas por las obras del aparcamiento». No le dará tiempo a albergar nuevas fallas si se remodela de nuevo la plaza de Galicia. «Si van a hacer como en la plaza Roxa, es mejor que no se remodele», comenta raudo.
Los sucesos de la plaza de Galicia alimentaron muchas tertulias en el Bonino, cuyo dueño sigue en la onda. Entre los clientes que han entrado, y siguen entrando en las postrimerías del negocio, hay numerosos peregrinos que dejan como recuerdo sus barbas de dos meses o quince días. Algunos le han remitido a Juan unas letras evocadoras al llegar a sus localidades de origen, que guarda con sumo orgullo en un cajón.