El bienio del hambre: 1768-69el auxilio prestado por el arzobispo rajoy

? Aquel verano de 1768 diluvió en Galicia y el aguacero pudrió las cosechas de cereal. El frágil equilibrio entre recursos y población se quebró e hizo su aparición el azote del hambre. Y como los jinetes del Apocalipsis nunca cabalgan solos, espoleadas por el hambre irrumpieron la peste y la muerte. Una ingente legión de labriegos harapientos y famélicos se precipitaron sobre Santiago de Compostela, en busca de caridad, y convirtieron la ciudad, según palabras de Cornide, en «teatro de la desolación y de la miseria».


Ante la pertinaz lluvia que destruía los sembrados de trigo y centeno, el cabildo de la catedral compostelana decidió sacar en procesión la imagen del Apóstol Santiago para rogar al Altísimo que «se sirva conceder el tiempo conveniente a la conservación de los frutos». De poco sirvieron plegarias y rogativas. El aguacero prosiguió, incesante e implacable, en semanas sucesivas. En marzo del año siguiente, el cabildo sustituyó al Apóstol por un san Roque más humilde, esta vez para pedir a Dios, con cierto tonillo de irreverente apremio, que «se digne aplacar su ira y cesen las graves enfermedades que se padecen». Todo resultó inútil. Galicia vivió, en el bienio 1768-1769, la catástrofe más grave de un siglo caracterizado por esporádicas hambrunas. «Aldeas enteras -escribe Antonio Meijide Pardo, principal cronista del desastre- viéronse virtualmente arruinadas a causa del voraz insulto del hambre...».

PANORAMA DANTESCO

Los precios se dispararon por efecto de la escasez. El ferrado de maíz -«donde lo hubo»-, que meses antes se pagaba a cinco reales de vellón, pasó a costar 25. El precio del trigo también se quintuplicó -de 8 a 43 reales el ferrado- y el centeno se encareció un 100%: de 25 a 50 reales la fanega. El hambre, sin diques de contención, anegó el interior de Galicia. No había alternativa a la carencia de cereal. El cultivo de la patata, que años después sería considerada por Lucas Labrada un «excelente recurso para suplir la falta de granos», aún no se había extendido. Despreciado por frailes e hidalgos que cobraban las rentas en especie, el tubérculo era considerado alimento propio de los cerdos.

El hambre y la emigración despoblaron innumerables aldeas. El mal, refiere José Cornide, aniquiló «a mucho número de vecinos, como lo justifican varios pueblos enteramente desiertos, otros en que no quedó la décima parte y otros en los que se cuentan por centenares los muertos».

Riadas de campesinos y mendigos, acuciados por el hambre, se desparramaron por los caminos, marcharon hacia Castilla o Portugal o se agolparon en las ciudades gallegas para implorar limosna o acogerse a la caridad de los cabildos diocesanos. El panorama cobró colores dantescos, especialmente en Santiago. «Las calles -escribió Mauricio Echandi, médico jefe del Hospital de Guerra de A Coruña- se hallan llenas de pobres desnudos, de un semblante cadavérico que despiden de sí un hedor insoportable. Gimiendo entre ayes destemplados y lastimosos de día y de noche, duermen a la inclemencia y muchos de ellos perecen miserablemente privados de todo auxilio espiritual y temporal».

Pronto las enfermedades infecciosas anidan en los cuerpos desnutridos, la epidemia se propaga y se registran «cifras de mortandad sin precedentes en los anales del reino». En el Hospital Real -el actual Hostal dos Reis Católicos- ingresan 4.300 enfermos y mueren 1.500. En los libros de difuntos de ocho parroquias compostelanas, donde se inscriben entre 240 y 280 defunciones al año, Meijide contabiliza 1.785 fallecimientos en 1769. Y la Junta del Reino cifra en 6.000 el número de muertos, ese año, en todo el distrito de Santiago.

OPERACIONES DE AUXILIO

A falta de los estabilizadores automáticos del Estado del bienestar, la crisis se mitiga con improvisación y buena voluntad. Por el lado oficial, Carlos III establece la libre circulación de grano en las siete provincias, autoriza a los municipios a invertir sus fondos en el acopio de harinas y declara la exención de alcabalas y cientos -el IVA del Antiguo Régimen- para el cereal extranjero que llega a puerto. La hacienda real crea además un fondo, dotado con 2,5 millones de reales reintegrables, para comprar cereal francés, vender la mercancía al vecindario gallego por «su coste y costas» y repetir la operación para «mantener así constante el surtido de los granos».

La iniciativa privada, bien por altruismo, bien porque percibe una oportunidad de negocio, contribuye al abastecimiento. Acaudalados comerciantes afincados en A Coruña, como Marcos Pan o Jerónimo Hijosa, fletan grandes cargamentos de maíz y trigo procedentes de Bayona.

Pero, a juicio de Meijide Pardo, el principal auxilio con que contaron los hambrientos de la época provino de la mitra compostelana, representada en aquel entonces por el arzobispo Bartolomé Rajoy y Losada.

De Bartolomé Rajoy y Losada, arzobispo de Santiago entre 1751 y 1772, hace tiempo que está hecho el panegírico. Fundó hospitales, asilos, casas de acogida para mujeres, escuelas y obras pías; construyó palacios e iglesias, y distribuyó en limosnas una parte de las cuantiosas rentas arzobispales. Se dice que repartía cada año 150.000 reales entre los pobres que se amontonaban en la puerta de su palacio y destinaba otros 80.000 a donativos secretos. Casi octogenario y ya en el otoño de su vida, se enfrentó con decisión a la hambruna del bienio 1768-69. Al desencadenarse la crisis, envió al racionero Domingo Pérez Correa a Francia, con 8.000 doblones -600.000 reales de vellón- en el bolsillo, para adquirir maíz y centeno. Dispuso además que aquella cantidad debía «andar en giro todo el tiempo que durase la escasez y necesidad». Así fue. Entre septiembre de 1768 y julio de 1769, 18 barcos fletados por Pérez Correa zarparon de Bayona y descargaron en Carril más de 1.885 toneladas de cereal, que habían costado 1,19 millones de reales de vellón.

En el Hospital Real -en la foto, hacia 1885- fallecieron 1.500 personas en el bienio 1768-69. A la derecha, arzobispo Rajoy | archivo

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