Templanza, determinación y carácter en el día más exigente

Manuel García Reigosa
M. G. Reigosa SANTIAGO/LA VOZ.

SANTIAGO

El Obradoiro supo sufrir cuando peor pintaba el partido. Tras el descanso, impuso su defensa febril y su juego colectivo

04 dic 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Hubo una diferencia sustancial entre los dos equipos. Cuando el Murcia amenazó con romper el partido, el Obradoiro acabó encontrando respuestas para no descolgarse. Después del paso por vestuarios, se invirtió la tendencia, pero el equipo local se fue descomponiendo.

El duelo empezó feo para el conjunto santiagués. Washington se llevó un trompazo sin tiempo para entrar en calor, el colectivo de Guil marcaba el ritmo y los pívots se cargaban de personales. Buena prueba de que las cosas no marchaban es que Moncho Fernández hizo más cambios que nunca en el primer acto.

Hopkins, decisivo

En ese período inicial resultó decisiva la aportación en ataque del reaparecido Hopkins, una vez superada su lesión muscular. Sus once puntos antes del descanso valieron oro.

Después la historia fue otra. El Obradoiro encontró el antídoto, delante y detrás. Neutralizó a Faverani y el Murcia se olvidó de buscar los balones interiores. O no pudo.

En ataque, Kendall hacía daño jugando de cara, Oriol recobraba protagonismo y Washington le partía la cintura a la retaguardia pimentonera con sus vuelos o con sus entradas a canasta. Tras una técnica a Guil, el Obradoiro abrió una brecha de siete puntos. Pero se precipitó. Y el Murcia se agarró a un par de triples de Sergio Pérez y un par de apariciones de Coppenrath y de Taggart para no claudicar.

El último cuarto fue realmente magnífico. El Obradoiro acogotó, literalmente, a su adversario. Cazó rebotes ofensivos providenciales y vio como un triple letal de Corbacho y seis puntos consecutivos de Eric Sánchez rompían el partido.