Después de 25 años al frente de Trinta «tratando de educar a todo el mundo, reivindico mi derecho a equivocarme»
11 sep 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Nació en Amandi, en el municipio de Sober, pero sus padres se instalaron en Vigo cuando tenía año y medio, así que la ciudad olívica es la de su infancia y su adolescencia, porque en el 83 se vino a Santiago a estudiar la carrera de Historia y ya se quedó para siempre. Cerca de tres décadas después, Asumpta dice que Santiago es su ciudad, «y el cambio que experimentó es espectacular, porque el casco histórico era una ciudad en ruinas». Y sobre todo valora el hecho de que Compostela «ha sido una cuna muy confortable para la galería, siempre me ha tratado bien y aquí la gente que sostiene la galería ha demostrado que quiere que siga». Lo que resulta sorprendente a estas alturas es saber que Asumpta Rodríguez lo que quería ser era arqueóloga, «pero apareció una señora llamada Marisa Sobrino, creo que en tercero de carrera, que nos empezó a contar cosas sobre el arte contemporáneo y me enganché, porque me parecía más interesante lo que se hacía en el momento que me tocaba vivir que pasarme el resto de la vida explicando a los alumnos que los hititas habían descubierto la rueda». Pasó muy pronto del descubrimiento académico a la realidad al tomar contacto con algo que ni se imaginaba. Entró, y se quedó, en Trinta, la galería situada en el mismo número de la rúa Nova que se convirtió en un referente del arte contemporáneo gallego y exterior que sigue vivo y que, a punto de celebrar sus primeros veinticinco años de trayectoria, se mantiene en el panorama artístico con el proyecto de esta galerista, que desde hace una década se trasladó a Virxe da Cerca. La entrada de Asumpta en el mundo profesional del arte fue tan casual como lógica en unos años en los que había tanto por descubrir y por hacer. Cuenta que todo empezó porque un compañero de carrera, Roberto Relova, «musicólogo que dirige el festival Are More, de Vigo, hacía crítica de música en La Voz de Galicia, un día me dijo que buscaban a alguien que hiciese crítica de arte y que bien podía ser yo. Y como nunca me dio miedo casi nada, me lo pensé, pero acepté». Recuerda que los espacios expositivos de entonces eran la Casa da Parra, Trinta, Citania, la Obra Social de Caixa Galicia «y muy poquito más», y a raíz de hacer la crítica se hizo amiga del que era director de Trinta, Manuel Allúe. Galerista con oficio Asumpa Rodríguez regresó a Santiago para hacer los cursos de doctorado, pero otra propuesta inesperada marcó definitivamente su vida: la de colaborar en la galería Trinta. «Manolo lo que necesitaba era a alguien que cogiera el teléfono, que escribiera las invitaciones y pegase sellos, evidentemente. Fue lo que hice durante unos dos años». Después, y tras una serie de vicisitudes, pasó a ser la directora a las órdenes de los propietarios de la galería. El pintor Quintana Martelo era uno de ellos y acabó siendo el único hasta que decidió marcharse a Estados Unidos y venderla. «Y lo que son las cosas, convencí a Adolfo Sobrino, que era cliente y amigo, para comprarla entre los dos. Nos metimos en un crédito alucinante y trabajamos juntos seis años, hasta que en septiembre del 93 seguí sola. Solo contaba con el nombre de Trinta, que funcionaba muy bien, porque era un referente de prestigio y de calidad. Cuando yo empecé en la galería, Leiro hizo su última exposición antes de empezar a trabajar con Marlborough y marchar a Nueva York. Creo que me metí de cabeza en todo esto porque no era consciente, no porque fuera inconsciente. Era una romántica ingenua. Quería educar al mundo y me peleaba con todo y con todos para tratar de profesionalizar el medio. Ahora no, ahora reivindico mi derecho a equivocarme». Con lo sabido y lo vivido, Asumpta asegura que ser mujer sigue marcando, «y aunque se diga que el arte está en manos de las mujeres, lo cierto es que nos cuesta el doble sacar adelante los proyectos. Hay muchas actitudes machistas, y las peores son las que no se expresan abiertamente porque hoy no es políticamente correcto». Asegura que sacar adelante una galería con criterios profesionales y con un proyecto de trabajo claro y coherente «antes era difícil, pero ahora es casi imposible. Vivimos un período sin moralidad en los negocios, es como una piscina llena de tiburones en la que los que sobreviven no son precisamente los mejores». En el año 1993 peleó muy duro para que Trinta estuviera en Arco. Explica que la habían rechazado por problemas en la edición anterior, pero logró estar presente «y con un éxito y un reconocimiento en el que fue determinante la colaboración de los artistas, de Antón Patiño, Xosé Freixanes... Se implicaron a tope». Desde entonces no faltó a ninguna edición, pero hace tres años decidió que no volvía a esta feria internacional, «porque no voy a cambiar mi proyecto de trabajo por criterios que no comparto y porque cuento con una nómina de artistas en la que están algunos de los mejores de Galicia y del panorama internacional, y el cien por cien me han respaldado».