09 abr 2010 . Actualizado a las 02:00 h.
Antonio González, encargado de la joyería Malde, se preguntaba el día que desalojaban el local qué surgiría en aquel espacio. Lo hacía con el temor de que el lugar, que albergó un taller orfebre reconocido internacionalmente, fuese ocupado por un simple comercio de baratijas. No fue así, y hay que congratularse de que a tan alta artesanía le suceda un importante espacio para el arte y la interculturalidad.