Suena la música. Ella alza sus brazos. Chasquea sus dedos. Comienza a bailar. Sonríe. Después cubre su rostro con otra expresión más seria. Se viste de trascendencia. Mientras, el velo va deslizándose por su pelo y cae hasta los hombros para descansar allí. Comienza a cantar. Varios chicos la observan en un monitor. «No debería haberlo hecho», repiten con preocupación. «Yo no me hubiera atrevido», confiesa una mujer. Pero Setara Hussainzada sigue bailando. Hasta se calla la melodía. Es su última canción en la versión afgana de Operación Triunfo . Acaban de expulsarla del programa.
En el mismo país, pero en otra dimensión, llueven las peores críticas. Supuestamente, caídas del cielo. Sembradas por Dios. «Ella debería respetar la religión», aconseja un anciano. «Merece que la maten», dice un joven sin barba y bajo un tupé que probablemente desafíe los principios de cualquier ciencia o creencia. Se horrorizan ante una mujer que baila en público. Para ellos, Setara ha pecado. OT invita al sopor en España. Pero en Afganistán el formato moviliza a un tercio de la población. Once millones siguen por televisión la gran final de la tercera temporada. Para unos el espacio es una catarsis. Para otros, una devastadora tormenta procedente del impío Occidente. El Consejo Ulema de este país carga contra el programa. Difunde un documento oficial reprobándolo. Y los mismos aspirantes a estrellas del oscuro firmamento afgano que crucifican a Setara agitan su indignación. «En este país siempre ha habido música y seguirá existiendo en el futuro», protestan. Pero, más tarde, ellos graban sus discos y se fotografían en la capital. Y Setara se cubre el rostro en Herat. Sabe que allí, en las calles de su ciudad, vigilan sus pasos. Recibe amenazas de muerte. El infierno todavía se abre bajo los pies de aquellas que se atreven a bailar en público. Lo cuenta un documental dirigido por una iraní. Afghan Star.