El estallido de Incolsa unió al bipartito en el rescate de la sociedad, pero cada uno toma las copas por su lado
14 jun 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Tras el resultado de las elecciones, cuando se habló de decepción en los rostros del bipartito municipal por la superficialidad de los compromisos autonómicos con la ciudad, se apercibieron gestos de asentimiento ostensibles en los dos grupos. La consanguinidad ideológica a veces no es garantía de éxito. El BNG se llevó a su faldriquera la parcela de Turismo que guardaba celosamente Francisco Candela por los atractivos que encierra el área, el escenario prexacobeo y la coincidencia de siglas.
Este último argumento es de los que inducen a frotarse las manos, máxime en la ciudad referencia del turismo gallego. Pronto se comprobó la validez del «amigos, sí, pero...», hasta el punto de que el edil Xosé Manuel Iglesias clamó esta semana por una rectificación de la política autonómica aplicada por el gobierno amigo. Sus puntales no tenían solidez. Y cedieron.
Uno se tiende feliz en la arena hawaiana, a la sombra de un elevado monte, sin percatarse de que es el Mauna Loa con la lava a punto de freírle. Incolsa erupcionó cuando nadie (excepto los que estaban en el ajo) lo esperaba, con las tripas económicas revueltas. Y ocurrió justamente cuando este instrumento promocional tiene más sentido que nunca con el Xacobeo golpeando su aldaba.
Con la Xunta estrechando sus caudales, a algunos les resulta poco fiable que coadyuve a enderezar Incolsa, pese a su patente necesidad, por lo que tendría que ser el Concello el que accionase el paracaídas. El PP dice que no responderá el mecanismo y el bipartito opina lo contrario. Es la primera empresa promovida por el Concello que desemboca en ese dilema.
Un detalle que irradia el conflicto es la connivencia de los socios de gobierno, en la línea que vienen manteniendo desde el inicio del mandato. Con las consabidas salvedades que confirman la regla. Y una de ellas es el lío montado con los horarios de la hostelería y la carga y descarga. Las discrepancias conseguirán tumbar una de las ideas, siempre contando con el voto unido del bipartito, y la otra queda en manos de Xustiza.
La que quedará en agua de borrajas es la reducción del horario de carga y descarga en el casco histórico. El alcalde pidió un «sacrificio» a los sectores involucrados en esa actividad, pero el BNG lo revocó. Olga Pedreira dice que por ahí sus socios van perdidos. Hay que facilitarles las cosas a los repartidores. Entretanto, los turistas contemplarán en sus casas una bonita fotografía de la Catedral titulada «Gaseosas A Chantadina».
Los colectivos de la ciudad expresan una disparidad de criterios. Área Central, por ejemplo, no quiere repartidores por el día. Afean. Y los hosteleros del casco viejo desean dormir sus horas, so riesgo de monear ante la clientela. Y eso es más feo que un pavimento con camiones.
El horario de los hosteleros nocturnos no tiene nada que ver con los designios de Raxoi, pero hunde otra cuña en el seno del bipartito. Álvarez-Santullano no es proclive a concederle un tiempo de gracia a los hosteleros por estimar que ya disfrutan de unos topes generosos. Pero Pedreira le acuñó el nihil obstat a las aspiraciones de la hostelería nocturna. La controversia tiene el tinte de un enfrentamiento casero porque, como se indicaba arriba, la decisión requiere la rúbrica de la Xunta y no la del Concello. El efecto para este organismo es que tiene que cumplir el dictado autonómico.
¿Y los espectáculos en los pubs? Un decreto de Actividades Recreativas veta la cultura en la noche hostelera. No ocurre en otras ciudades, pero en Santiago el ruido provoca paroxismos y el «déjalo como está» impide que los mismos decibelios del sonido encerrado en las cajas disqueras se exterioricen en vivo. El volumen parece más elevado, aunque sea igual o menor. Es sabido que un kilo de plomo pesa más que uno de lana.