La goleta Juan de Lángara parece un buque fantasma. Solitaria y amarrada a la dársena coruñesa, busca afanosamente una tripulación que replete su cubierta vacía y vuelva a dar sentido a su misión de barco-escuela en la regata Tall Ships Race, la antigua Cutty Sark.
Sus propietarios luchan contra el crono para reclutar la marinería y darle vida otra vez, pero no les queda mucho tiempo. El 30 de abril tendrá que estar en el puerto de Vigo para iniciar el 3 de mayo una travesía sin escalas hasta Tenerife, de entre diez y quince días. La regata cruzará el Atlántico desde Canarias, pero el Juan de Lángara , tras la primera etapa, regresará a A Coruña, vía Funchal y Cascaes. Si logra desplegar velas en Vigo será el único español de quince participantes.
La organización obliga a que la mitad de los tripulantes tengan entre 16 y 25 años. «Necesitamos veinte marineros, diez para bajar a Tenerife y otros diez para subir. Pero la mitad han de ser menores de 26», explica Cristina Viarna, de la Asociación Juan de Lángara.
La aventura es tentadora: aprender a navegar, leer cartas náuticas o manejar el GPS sin otra compañía que delfines, aves, el viento o las estrellas. Por eso sorprende que no haya voluntarios, especialmente entre los jóvenes.
Sesenta euros por día
No parece que el motivo sean los 60 euros que hay que pagar por día de navegación, un dinero con el que se cubren los costes de la regata (gasoil, amarres...). Más bien se trata de otras tareas, no tan idílicas, que la vida a bordo lleva aparejadas. «Por desgracia es más difícil explicarle el turno de fregado de baños o de potas a un joven que a un señor de 65 años -lamenta Cristina Viarna-. Lo primero que preguntan los chavales es si hay televisión o Internet. Quieren viajar en chárter de lujo», agrega.
La goleta fue adquirida en el año 2000 por doce socios que la mantienen con pequeñas ayudas, su propio dinero y el que aportan los 120 integrantes de la asociación sin ánimo de lucro creada para enseñar navegación de travesía, «que no es lo mismo que irse a comer tortilla de patatas a las Cíes», ironiza Viarna.
Los propietarios del Juan de Lángara han rastreado las agrupaciones juveniles gallegas y de otras comunidades en busca de su anhelada tripulación, con un resultado alarmante: pese a la identidad marinera de Galicia, nadie quiere navegar. «Es imposible motivar a la gente joven, pero no nos sorprende -matiza Viarna-. Aunque presumamos de grandes marinos, se navega muy poco. En Noruega recalamos en un pequeño puerto en el que no tenían la bandera española para izarla por cortesía como es habitual. Tuvieron que ir a comprarla porque era la primera vez que veían un velero con este pabellón».
Para los interesados en responder al aviso a navegantes de este coruñés errante , la asociación ha habilitado un correo: navegar@langara.org.