Los últimos meses lluviosos no son nada en comparación con el período hidrológico 2000-2001, cuando un temporal interminable castigó con fuerza a Compostela
15 mar 2009 . Actualizado a las 02:00 h.La memoria es demasiado frágil. Caen cuatro gotas y ya nos da la impresión de que llevamos semanas sin sentir en la piel los reconfortantes rayos del sol. El último invierno no ha sido precisamente seco, pero está muy lejos de aquellos meses finales del año 2000, en el que los más apocalípticos casi pensaron que había llegado el momento de reunir a una pareja de animales de cada especie, buscar madera y construir un arca.
Fue el invierno que no escampó. Empezó a llover en septiembre del 2000 y, cuatro meses después, seguía cayendo agua del cielo como no se recuerda.
A la hora de hacer balance, La Voz de Galicia publicaba que en Santiago se recogieron en todo el año 2000 2.471 litros por metro cuadrado, a los que se suman otros 2.339 del año 2001. Tampoco le anduvo lejos el 2002, con 2.415 litros por metro cuadrado, pero el problema de los últimos meses del 2000 y primeros del 2001 es que llovió todo junto.
El 6 de enero del 2001, un húmedo día de Reyes, Manuel Cheda firmaba en La Voz un reportaje con un título que no dejaba lugar a dudas: «Cuando a la vida le salen escamas».
Bertamiráns inundado
Contaba Cheda que en la ciudad había obreros sin andamio al que subirse, agricultores sin terrenos que cultivar y transportistas sin carreteras. Y ponía el acento en la complicada situación que vivieron los vecinos de núcleos como Bertamiráns, retratado en el caso de Adrián, un muchacho al que se le oxidaba el coche sumergido bajo tres metros de agua.
El reportero describía en esos momentos Bertamiráns como «el fondo de un río con el fondo alquitranado» y enumeraba un buen número de negocios echados a perder por culpa del exceso de agua de lluvia.
En el mismo periódico de ese día, los compañeros de la delegación de Carballo contaban que los agricultores de la Costa da Morte llevaban cuatro meses y medio mirando al cielo y sin poder realizar labores en los campos: el temporal de lluvia que se había iniciado en septiembre del 2000 no daba tregua.
La meteoróloga Helena Pemán analizaba la cuestión, y reparaba en que, al estar Galicia en la confluencia entre las bajas presiones del Atlántico Norte y los anticiclones del sur, lo normal es que pasemos inviernos entre lluvias «e respiros de dous ou tres días de sol, que non obsta para que pase o deste inverno -sucede cada quince ou trinta anos-, con borrascas e sen dar baza a anticiclóns». Eso explicaba, según la meteoróloga, que desde diciembre del 2000 hasta el 6 de enero del 2001 en Compostela solo viésemos el sol 29 horas. Aliviaba mucho leer la frase final de su artículo, en el que auguraba que el anticiclón estaba a las puertas. Y así fue, aunque la alegría duró poco.
El mes de julio del 2001 fue de traca. El observatorio astronómico Ramón María Aller, que comenzó a funcionar en 1947, no guarda en sus anales ningún mes de julio en el que se haya recogido más agua: 150 litros por metro cuadrado. Para buscar una cifra mayor había que bucear treinta años atrás, cuando en el aeropuerto se midieron 182 litros.
El Instituto Nacional de Meteorología situó el año hidrológico 2000-2001 como el tercero más lluvioso de los últimos cincuenta años, con los aeropuertos de Vigo y Santiago a la cabeza en cantidad de precipitaciones. Casi la mitad de ese húmedo julio fue necesario abrir el paraguas.
El mes de diciembre del año 2000 rompió todas las estadísticas: once días se registraron más de treinta litros por metro cuadrado y el resto no bajaron de los cinco.
Para los que todavía sigan creyendo que en Santiago de Compostela ha llovido demasiado este invierno, ahí van unos cuantos datos más: el 30 de noviembre del 2000 pasó a la historia por el aguacero caído en Santiago: nada menos que 103 litros por metro cuadrado inundaron sus calles.
Las cifras del observatorio Ramón María Aller de la Universidade de Santiago señalan que durante el año 2000 llovió en Compostela nada menos que doscientos días.
Los expertos concluyeron que las costas atlántica y cantábrica, así como las grandes ciudades, sufren más los temporales debido al paso de borrascas de baja presión o de sus frentes, lo que se conoce con la denominación de borrascas de fuerte gradiente de presión.