Una familia de argentinos afincada en Compostela retornó el pasado martes a Buenos Aires; ellos son un ejemplo de cómo la crisis también hace distinciones
01 feb 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Si no fuera porque la vida es mucho más dura que las letras de las canciones, Carlos podría ser perfectamente el «Sebas» del tema de Amaral, el que se marchó «de vuelta a Buenos Aires» porque aquí ya no hay sitio para nadie.
Después de seis años tensando la cuerda al máximo, intentando hacerse un hueco en un país extraño al que llegaron en busca de un futuro mejor, la cuerda se rompió el pasado martes, cuando Carlos Chambilla, Nora, su mujer, y las niñas, Bibiana (diez años), Verónica (once) y Andrea (cinco), embarcaban en Lavacolla, con billete de ida, con rumbo a la ciudad de la que un día se fueron.
«Acá, en España, yo llevaba seis años, ellas cuatro», cuenta Carlos en vísperas del largo viaje desde el salón de la que fue su casa en la calle Pérez Constanti, llena de muebles vacíos y de momentos familiares impregnados en las paredes. En el 2003, animado por otros compañeros que partieron de Argentina para buscarse la vida en el sector de la construcción español, imparable en ese momento, Chambilla hizo las maletas, cruzó el charco y se instaló en una ciudad de la que apenas sabía nada.
«Mientras duró fue bien -explica- pero la cosa empezó a flojear. Ahora llevaba seis meses parado y vi que era el momento de tomar una decisión». Porque si la crisis solo nos ha rozado a algunos, aunque sea de pasada, a Carlos le mordió de lleno. Dio igual que fuese un profesional cualificado, un oficial de primera dispuesto a dejarse la piel en el ladrillo compostelano.
Carlos da una clave que se maneja poco en las informaciones sobre la coyuntura económica actual pero que, en su caso, fue la puntilla: «Hasta julio tuve trabajo pero, cuando en muchas empresas de la construcción empezaron a despedir gente, esos mismos parados, que cobran el paro, siguieron haciendo chapuzas, y yo no puedo competir con un presupuesto normal con alguien que, en negro, lo hace por menos de la mitad». Es la otra cara de la economía sumergida, de una picaresca institucionalizada -y a la que la Administración mete poca mano- que hace que uno cobre en A del Estado y en B de quien le ofrezca alguna «ñapa». Ande yo caliente...
Carlos y Nora se lo pensaron mucho. Los 460 euros del alquiler pasaron de ser una cifra asumible a convertirse en una tremenda carga. Los trabajos por horas de Nora resultaban insuficientes para mantenerlos a todos. En el bolsillo siempre tuvieron la llave de la casita de Buenos Aires por si, como dice el tango, un día hubiese que volver.
Los cabezas de familia movieron ficha. Carlos llamó a su antigua empresa de Buenos Aires y el jefe le ofreció su antiguo empleo. Dejaron de pensar. Aprovechando que el curso escolar empieza en marzo allá, decidieron emprender el regreso, cargar lo justo en las maletas y desprenderse de la infraestructura que puede reunir en tantos años una familia de cinco miembros. «La tele la vendimos; lo demás lo hemos ido regalando», dice Carlos.
Con lo de la tele, unos ahorros y la ayuda de algunas personas buenas, que son las que dan sin pedir nada a cambio, los Chambilla consiguieron reunir los 2.800 euros que les costaron los billetes de avión, vía Madrid. «Costó tomar la decisión -dice el oficial de primera- pero ahora ya está».
Las niñas se despidieron de sus compañeros del colegio de Las Huérfanas y, contra lo que pudiera pensarse, animaron a sus padres a emprender el regreso. Porque en Buenos Aires están los abuelos, los tíos, los primos... una gran familia de la que se separaron hace cuatro años. «¡Están chochas por volver!», dice Carlos en tono socarrón.
El matrimonio regresa con sentimientos encontrados, pero sin rencor. España les dio una oportunidad, hasta que la propia España se la quitó.
Mientras recogen los últimos bártulos y se despiden de los buenos amigos que dejan aquí, la pequeña Andrea, que lleva en los pies unas zapatillas verdes que tienen ojos, se abraza a las piernas de su padre. Y Carlos se encoge de hombros y dice: «No, no me marcho con rencor, pero sí con un poco de desilusión. Esto fue como un reloj de arena, que va cayendo grano a grano y veo que el vaso va a colmarse; es mejor partir».