«Un momento, que aún no acabé»

El autor de uno de los crímenes más espeluznantes de todos los tiempos se pasó una década en un centro psiquiátrico después de asesinar a su esposa


Lo último que se sabe de él es que, después de pasarse más de diez años internado en un centro psiquiátrico, salió para reencontrase con la vida en algún lugar, fuera de Galicia. De cruzárselo por la calle, nadie sospecharía que este antiguo maestro en el colegio de Roxos, que hoy tendrá 56 años, protagonizó en 1988 uno de los crímenes más espeluznantes de la historia negra de Galicia.

La urbanización de Os Tilos se convertía, el 4 de abril de aquel año, en un escenario horripilante cuando Miguel Martínez asesinaba a puñaladas a su mujer, Genoveva Ferreiro Antelo, en la vivienda que ambos compartían junto con sus dos hijas.

Si todos los crímenes son únicos, las particularidades que se dieron en el de Os Tilos lo hacen todavía más impactante.

La Voz de Galicia lo recogía así en su edición del 5 de abril: «Miguel Martínez Martínez, de 36 años, profesor de EGB en el colegio público de Roxos, ha sido detenido en su vivienda, en la urbanización Os Tilos, a primeras horas de la tarde de ayer, como presunto autor de un parricidio en la persona de su esposa, Genoveva Ferreiro Antelo, de 38 años, de profesión ATS en el ambulatorio Concepción Arenal, a la que apuñaló y descuartizó. Miguel Martínez, que padecía fuertes depresiones, se encontraba en tratamiento psiquiátrico».

Todo ocurrió sobre las dos de la tarde, cuando en el edificio número 16 se escucharon las voces de una mujer que pedía auxilio: «Tengo un cuchillo clavado», decía Genoveva Ferreiro según el relato de los vecinos, que avisaron a la Guardia Civil. «Esperad un momento, que aún no acabé», les decía desde el interior el asesino.

La emergencia cayó en manos del puesto de Lestedo. Los agentes llegaron a las 15.15 horas y el propio Miguel les abrió la puerta, con la ropa y las manos ensangrentadas. «El espectáculo que había dentro -señalaba La Voz- según testigos presenciales, era una carnicería espeluznante: en el suelo yacía muerta su esposa Genoveva, prácticamente descuartizada, con el cuerpo cosido a puñaladas».

La pareja tenía dos niñas, una de cinco años y otra de dos meses, que se encontraban en la vivienda cuando tuvo lugar el terrible desenlace. Precisamente, Genoveva disfrutaba de su baja de maternidad.

En los días sucesivos fueron trascendiendo más detalles del suceso. Martínez declaró que su mujer lo tenía «harto», que quería dejarlo sin sus hijas y que pretendía encerrarlo en un centro psiquiátrico. Y, sobrado de sangre fría, se refería en los interrogatorios policiales a Genoveva como su «ex mujer».

Buceando en los archivos del Diario Oficial de Galicia, todavía aparece, en un número de junio de 1997, un exhorto judicial por el que se saca a subasta la mitad de la vivienda donde ocurrió todo, propiedad hasta ese momento del profesor y que se valoró en 5.175.000 pesetas.

El piso tardó muchos años en venderse, y siempre que algún posible comprador se enteraba de que se trataba del inmueble donde Genoveva Ferreiro había muerto a manos de su marido, la operación se acababa frustrando.

De las niñas se sabe que se criaron con la familia de su madre y que hoy son dos jóvenes que hacen una vida completamente normal, alejadas para siempre de un padre que cercenó a la familia.

Y, como un macabro recordatorio, en los boletines de notificación de la Diputación Provincial todavía aparecen las deudas del impuesto de circulación del coche de Genoveva, que permaneció durante años aparcado y cubierto de polvo en el garaje del edificio de Os Tilos.

Si Miguel Martínez intentó suicidarse -como se dijo a los pocos días del crimen- o si, finalmente, lo hizo cuando salió a la calle, es una circunstancia que no ha trascendido.

El impacto que causó el asesinato fue tal que, cada cierto tiempo, el crimen de Os Tilos vuelve a salir en las antologías negras que publican los medios de comunicación.

Dedicándole algo de tiempo, seguro que no costaría demasiado dar con el paradero exacto -si es que todavía vive- de Miguel Martínez Martínez. Pero quizás es mejor mantener las cosas como él las dejó aquel día de abril de 1988, recordar a la víctima y mejorar los mecanismos que eviten que cientos de mujeres sigan muriendo a manos de sus maridos.

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