El Chef Rivera descubrió la cocina por casualidad, pero en ella encontró la profesión a la que dedicaría toda su vida y en la que le sigue su hijo
27 jul 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Se puede decir que es uno de los cocineros de más prestigio de Galicia, pero su llegada a la cocina se produjo más por una necesidad puntual que por vocación. José Antonio Rivera emigró a Londres en el año 1966, en donde hizo sus «primeros pinitos, como cualquier emigrante, fregando platos en la cocina». Sin embargo, como él mismo reconoce, tenía una gran ventaja, ya que a diferencia de la mayoría de los gallegos residentes en el extranjero, José Antonio se marchó por decisión propia y «no tenía que trabajar y trabajar para mandar dinero a casa».
Cuando llegó a Inglaterra su intención era encontrar un trabajo relacionado con sus estudios, pero se tuvo que conformar con dedicarse a la hostelería. «Yo en aquel entonces había hecho maestría, es decir, torno, soldadura, fresa... pero una de la leyes que tenían los ingleses era que el emigrante no podía trabajar de ningún oficio más que en servicios, entonces una vez allí empecé en la cocina». En la capital inglesa estuvo diez años trabajando en los mejores restaurantes, de cocina china, rusa, española, francesa e italiana, intentando conocer de todo para saber lo máximo posible. En el 1970 volvió para hacer la mili, en donde aprovechó para estudiar el PPO, la antigua formación profesional, y seguir ahondando en el mundo de la cocina.
Después de volver a Londres, y también trabajar unos meses en Francia, en 1976 él y su mujer, Pierrette, decidieron regresar a Padrón y abrir su propio restaurante «con una cocina de 11 metros cuadrados y un comedor que tendría 30. En la actualidad tenemos una capacidad de casi 300 personas y solo la cocina tiene 200 metros cuadrados», indica recordando los años de duro trabajo. «Yo llegué aquí pensando que iba a comerme el mundo», pero a los cuatro o cinco meses tuvo que cambiar la carta porque sus platos eran demasiado innovadores para Galicia.
Como todo buen hijo, Alejandro Rivera empezó «lo típico, cuando había bodas tenías que bajar a ayudar», indica. Después, al terminar COU «no sabía muy bien lo que quería hacer y me fui a Londres», en donde estuvo siete meses. Desde ese momento, su vida se encaminó hacia el mundo de la cocina. «Estudié el ciclo superior de Hostelería y después hice prácticas en Tenerife y Mónaco», además de trabajar en diferentes restaurantes. «Teníamos un profesor que nos decía que era mejor hacer cosas distintas», explica.
Ahora padre e hijo trabajan mano a mano en la cocina del restaurante Chef Rivera, en Padrón. Allí José Antonio y Alejandro comparten la experiencia adquirida en muchas de las mejores cocinas y, aunque el hijo no comparte todas las opiniones del padre, estas cuatro manos son las encargadas de preparar platos de reconocido prestigio.