Inés Bentrón, pementeira retirada de Herbón, ejemplifica uno de los problemas que puede afectar al cultivo de la hortaliza padronesa: la falta de relevo generacional
03 jun 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Con 80 años, Rosa Inés Bentrón Iglesias ejemplifica una de las peculiaridades que tiene a día de hoy el cultivo del pimiento de Herbón, en el concello de Padrón, de modo que, en el caso de muchos productores, no tiene garantizado el relevo generacional para seguir con su plantación. Así le sucedió a Inés que, después de una vida dedicada a recoger y vender pimientos, con jornadas extenuantes, desde hace diez años ve el cultivo desde fuera, desde la jubilación forzosa por motivos de salud y al lado de su hermana de 84 años.
Inés tiene una única hija que reside en Vigo y, que por tanto, eligió un camino distinto al que ocupó a su madre durante 60 años. En esta situación hay muchos productores que, a corto plazo, no tienen quien continúe con una tradición familiar ya que los hijos buscaron otros medios de vida. Inés lo resume muy bien: «os vellos non podemos e os mozos non teñen gañas de traballar na terra. Marchan a onde haxa traballo».
Pero esta vecina de Herbón cuenta que está feliz porque «con ver ben a miña filla e ao resto da familia, xa me chega». Insiste en que «os vellos non podemos e os mozos marchan porque romper o corpo na terra é o último», cuenta esta mujer que vive al lado de su hermana Rufina. «Co da leira solo non se vive, ahora hai que ir a unha fábrica», añade. Como su hermana, recuerda cómo cuando era una niña primero iba a la escuela y después a las plantaciones de pimientos, «moitas veces descalzas ou en zocos» . Antes de los 20 años ya iba a vender al mercado, casi siempre al de Santiago, para lo que debía levantarse a las cuatro de la madrugada ya que aprovechaba que pasaba por Herbón el coche del pescado e iba en el. De aquella época y hora recuerda que le daba «envidia ver as casa pechadas, sen luz, co sono que tiña eu».
En Santiago tenía que «esperar a que abrira o día para vender. Bo é que era verán e ía calor». Inés trataba de acabar para poder coger el tren de las dos de la tarde hasta que un día no le dejaron meter los cestos «porque eran demasiado grandes e tiráronos». De vuelta en Herbón era «chegar, comer e marchar a pañar pementos, sen descanso». Y el trabajo era mucho ya que, por ejemplo, recuerda que llegaban a recolectar hasta 14 sacos llenos de pimientos. Una vez, uno de ellos les quedó olvidado en el invernadero y cuando llegaron «estaban queimados», dice.