El Ensanche es la zona de Santiago más dañada por un problema de higiene como es la presencia masiva de chicles en las aceras; una máquina intenta combatirlo
07 sep 2007 . Actualizado a las 02:00 h.Hay en Santiago un elemento que va camino de convertirse en tan histórico como las propias piedras. El chicle se pega a las aceras y se pasa en ellas años y años sin que nadie sea capaz de quitarlo, convirtiéndose en un testigo privilegiado de la evolución de la ciudad. Pero es un testigo incómodo, que crea un evidente problema de higiene y de limpieza, molesta a vecinos y empresarios y provoca que la imagen de la ciudad quede implacablemente dañada.
Hay calles especialmente castigadas. En el casco histórico se nota el problema, pero las centenarias piedras de las rúas lo esconden un poco, gracias a su color. Está mucho más presente en el Ensanche. Da igual que las aceras de las principales calles se hubieran reformado hace apenas cinco años. Ha sido tiempo más que suficiente para recuperar el esplendor que ya tenían antes y volver a convertirse en el paraíso de la goma de mascar. Hoy, como muestran las imágenes, casi todas aparecen moteadas por sus restos. El contraste es fuerte porque los adoquines tienen tonos claros. Los vecinos se resignan y son escépticos. No creen que el Concello vaya a solucionar una situación que alguno califica, incluso, como «un mal endémico».
El problema es que el chicle se pega a las piedras de las aceras y, cuando se solidifica, «es como una mancha de pintura», dicen en la empresa encargada de la limpieza municipal, Urbaser. Lo sea o no, los vecinos del Ensanche se quejan por lo que creen que es «una auténtica guarrada».
La guerra contra el chicle está declarada. La comanda Urbaser, servida de su particular carro de combate: una máquina fregadora. El aparato funciona regando la calle con agua muy caliente a presión, según explican en la propia empresa. Esas mismas fuentes aclaran que es una máquina que ayuda a limpiar las aceras, «pero no es específica» para quitar los chicles de las calles.
La máquina funciona los días que hace falta, en principio todos, si es posible. Lo hace de siete de la mañana a 13.30 horas. Hace mejor su trabajo en función del tiempo atmosférico, siempre mejor cuando llueve. Pero cuando no puede funcionar, se utiliza otra. También se utiliza una máquina barredora.
No todo es goma
Además, limpiar chicles no es igual que limpiar pintadas, según dicen en la misma empresa. En ella descartan que sea posible ir unidad por unidad intentando quitarlas. Por ello, manifiestan que «lo más efectivo es la prevención». Cuestión de educación, claro.
Pero para los vecinos del Ensanche el problema de la limpieza no es sólo de chicles, ni mucho menos. Cada noche, parece que los contenedores, o desaparecen o se hacen diminutos. Porque las señales y las esquinas se convierten en respaldos para bolsas de basura, cajas y todo tipo de desperdicios que deberían estar en otro sitio. Hasta en la travesía de la ciudad, la calle Rosalía de Castro, las hay.
Para algunos es la permisividad y para otros la falta de contenedores. Pero todos los consultados reconocen que la imagen de la ciudad «hay días que da vergüenza».