Jugando a la ruleta de la N-547

Nacho Mirás SANTIAGO

SANTIAGO

En directo | Recorrido por una vía de elevada accidentalidad El asfalto antideslizante o las señales no sirven de nada ante imprudencias o despistes como el que le costó la vida el lunes a un trabajador de Espina y Delfín

06 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

PUNTO NEGRO. Justo donde el operario nivela la señal está el punto 87,700 de la Nacional 547, donde ocurrió el accidente del lunes. REIVINDICACIÓN. Sobre la señal que está junto a la rotonda de Lavacolla, alguien ha sido claro a la hora de exponer necesidades. LOS ESCOMBROS. Profético o macabro, este casete sigue en la curva que hay antes de Pedrouzo, donde se estrelló su dueño. SALTA A LA VISTA. Unos minutos en el lugar del accidente del lunes sirven para constatar que muchos no cumplen los límites. Todavía está reciente el accidente que, a primera hora de la mañana del lunes, le costaba la vida a Alfredo Calviño Franco. En el kilómetro 87,700 de la carretera Nacional 547, la de Arzúa y Melide, están frescos los restos del choque brutal entre la furgoneta en la que viajaba Alfredo y el Audi A3 que conducía María Isabel, una vecina de Santiago que, según la última información facilitada por el Hospital Clínico de Santiago, sufre heridas de pronóstico reservado. Trozos de plástico, manguitos, gomas, un faro antiniebla, la matrícula delantera del Audi... los escombros de un desastre para quienes estrellaron mutuamente sus vidas contra la mañana de un lunes cualquiera. Dicen en el hospital que Rufino, el hombre que conducía la furgoneta, evoluciona favorablemente. Y que las heridas de su compañero José Ramón, vecino de Brión, son, como las de María Isabel, de pronóstico reservado, una clasificación en la que uno no sabe a qué atenerse. Son las doce del mediodía del martes y, en el lugar del accidente, dos operarios del Ministerio de Fomento recogen las ruinas de los vehículos y reparan la señalización que resultó dañada. Cuentan que la furgoneta bajaba y que el Audi subía cuando se salió de la calzada y se estrelló contra los operarios de Espina y Delfín. La curva, que tiene un asfalto reciente y, dicen, que con buen agarre, está limitada a cien por hora. Diez minutos junto al camión de Fomento sirven para darse cuenta de que se circula a velocidades mucho mayores. Y hay una regla que no falla: cuanto más caro es el coche, más corre. No entienden los obreros de Fomento cómo es que, en zonas de cincuenta, «o radar funciona seguido», pero no aquí. Cualquiera sabe que los radares no dan resultado en tramos curvos, aunque sí que se podrían instalar en la recta que arranca justo donde termina el giro. La curva donde murió Alfredo está justo antes de llegar a O Amenal, pero todavía en la zona de Castrofeito. En unos minutos de observación, se ve de todo: conductores que hablan por teléfono; conductores que fuman y hablan por teléfono; y conductores que fuman, hablan por teléfono y miran hacia cualquier parte menos al frente. La Nacional 547 tienen más zonas de concentración de accidentes. Bajando en dirección Arzúa, llama la atención el cartel de una parrillada que, escrito con una más que discutible ortografía, anuncia: «Parrillada A Regeira Vella». Así, sin U. En Amenal mismo, casi nadie respeta los 50 de la señal, es evidente. Llaman la atención unas casas construidas casi encima de la carretera, pertrechadas por barricadas de hormigón. ¿Conseguirán pegar ojo por las noches? Justo en la curva de entrada a Pedrouzo, donde está el cartel que señala San Antón a cuatrocientos metros, más restos de accidentes, presentes y pasados. El kilómetro es el 84,500, metro arriba, metro abajo. Y, lo mismo que en la curva del choque del lunes, el rosario de escombros de los siniestros es sobrecogedor: un pantalón de chándal; una camiseta de Aladdin; plásticos varios de un Ford Azul; un mechero; documentación de un Citroën ZX; y, como una broma macabra, o profética, o algo, los restos de un casete de Medina Azahara titulado Todo tiene su fin.