Crónica | La emblemática tasca cierra sus puertas en San Caetano La taberna de la rúa Irmandiños reunió a lo largo de medio siglo a una extensa clientela proveniente de distintos puntos de Santiago y del entorno
28 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.?asa Chucha dirá adiós el día 31 a casi medio siglo de vida en el corazón de Guadalupe, junto al histórico puente Mantible que un alcalde cenizo estuvo a punto de demoler. El acueducto sigue, pero a Chucha (la propietaria) le llegó la hora y, como muchas casas tradicionales antiguas, la jubilación significa el punto final. Quiere descansar, aprovechar para viajar y encerrar las cuentas en un cajón olvidado. Pero la parroquia se queda huérfana. Ha sido muy amplia, y a medida que la pátina del tiempo se ha ido adueñando del local, la clientela adicta se aferró a las viejas banquetas trípodes elaboradas por el finado de Jaime Carracedo, que acompañó a su hermana Jesusa en el timón del establecimiento a lo largo de casi cinco décadas. Gente de extracto humilde, clases medias y familias bien se codearon a las horas punta del taceo para trasegar el blanco que cada poco carreteaba Siso Folla desde sus almacenes en Pontepedriña. El personal trasegador llegaba de todos los puntos de Compostela y del entorno, y al regreso de los entierros muchos doloridos asistentes se desviaban hacia la Chucha como punto idóneo para ahogar las penas. «Aquí viña moita xente do mellorciño de Santiago», cavila la propietaria. Ilustres de allende Pedrafita recalaban asimismo en el local, y no era extraño ver a Santiago Bernabeu y señora dedicándole minutos veraniegos a unas refrescantes jarras. Sarmiento Birba, fundador del diario deportivo As, mojó a menudo su gaznate en la vieja tasca. «Isto estaba a tope sempre», recuerda Chucha, a quien no se le olvidan detalles como el de Carril, jefe de los bomberos, que siempre le llevaba una camelia. Un rasgo que en todo momento acentuó el carácter parroquiano de la taberna era la familiaridad. Los siareiros se servían ellos mismos, fuesen quienes fuesen. Y a la hora de pagar sólo tenían que comunicarle a Chucha el número de cuncas ingeridas. Y menos mal, porque servirle a aquella ingente tropa era una tarea más que complicada. Casa Chucha nació como tasca y ultramarinos, y así se morirá. Una pared y dos puertas laterales separan a uno y a otro, y el constante viajar entre las tazas y las naranjas han sellado la febril existencia de los propietarios. Los proveedores apenas encontraban un hueco. Alguno ni tenía que personarse. Paquito tenía una fábrica de achicoria en la zona que hoy ocupa la rotonda de la gasolinera, y cuando en la tienda escaseaba este artículo Chucha le requería de puerta a puerta y a pleno pulmón al fabricante que le surtiese. Una carretilla llegaba rauda con la achicoria. Paquito, junto a la barra de la Chucha, evocaba ayer cómo la piqueta demolió su fábrica hace 38 años. El cliente más antiguo de la Chucha es Santiago Loureiro. Cuenta cómo vio el Mundial de Inglaterra en un televisor que les brindó Chucha, traído de su vivienda familiar. «Era a primeira televisión. Daquela aínda non había ningunha en Santiago», dice Loureiro, mientras Chucha asiente. El viejo siareiro sonríe compungido ante la evidencia de que Casa Chucha no le va a sobrevivir. Un «así é a vida» flota en el aire, y la resignada sentencia es compartida por los fieles parroquianos: Alfonso, Escobar, Patrón, Santiago, Tarrío, Richard, José, el otro José, Sindo, Puga, Alfredo, Alcalde, Daniel, David y un largo etcétera. Las tertulias, las peñas, las partidas, las risas, las discusiones recibirán el domingo dos vueltas de llave.