Crónica | Susto en la rúa Irmandiños Una llamada advirtiendo de un asalto a un establecimiento provocó que la policía acudiese y rodease el local, hasta verificar la falsedad del hecho delictivo
10 nov 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Las sirenas sonaron anteayer por la noche en la avenida de la Paz, entremezcladas las de la policía nacional y local, mientras el personal se imaginaba que como mínimo debía haber un atraco en un lugar próximo. Pues sí que lo hubo, pero sólo en el receptor de llamadas de la policía y en la célere voluntad de los agentes de resolverlo de la mejor forma posible y sin daños. Una voz les había alertado de un asalto a Casa Chucha, un local de Guadalupe a la histórica sombra del Ponte Mantible, que compagina el taceo con el ultramarinos. Cinco coches patrulla de la nacional y la municipal rodearon de inmediato el establecimiento y los policías se aprestaron a un manos arriba o a lo que se terciase, a ser posible sin ensalada de disparos. Pero el primer signo de rareza se lo deparó la pachorruda presencia de Jesusa Carracedo, Chucha, cerca de la puerta del local, contemplando absorta a los policías junto a sus vehículos. Le extrañaba que tantos agentes visitasen de golpe la tasca para consumir unas cuncas. «¿Pero... A usted no la atracaron?», balbuceó boquiabierto un policía, que ya se dirigió resuelto junto a otros compañeros a la entrada del local. «Jesús, Jesús, qué dice usted. Déjeme tocar madera», repuso Chucha, que transformó en segundos su pachorra en aturdimiento. El agente movió la cabeza y se acercó el mancontro : «Falsa alarma». Jesusa, siempre tan dicharachera, buscó palabras para una disculpa que le correspondía en realidad a los cacos que provocaron el incidente y acertó a agradecerle a los policías los servicios prestados. En ese momento, Chucha y los agentes se estaban acordando de la madre de los bromistas (¿bromistas?), que pudieron incluso utilizar un teléfono público cercano para cometer su fechoría. Separados por una cortina, muchos clientes de la tasca ni se enteraron. «¡As cuarenta!», gritaba alguien en una mesa tapizada de verde mientras se resolvía el atraco. «Fue una falsa alarma», repite la dueña del local, que cambia rápido de tercio: «Quero que poña no periódico que o meu local se inundou cando houbo os temporais». Para Chucha ése fue el auténtico atraco a su establecimiento, perpetrado por una riada que se apoderó de su mercancía. Minutos después del asalto imaginario, el ribeiro se confundía en muchos labios con encendidas glosas sobre «atraco». Y una coincidencia general: las bromas delictivas las carga el diablo.