Un bumerán en el burdel

M. Cheda SANTIAGO

SANTIAGO

Crónica | Cuando los verdugos quieren ir de víctimas Un hombre de la comarca se inventa un robo en un prostíbulo de Conxo y la policía lo acaba acusando de tres delitos contra los derechos laborales, coacciones y falsa acusación

30 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

Nacido en un concello de la comarca arzuana hace 62 años, L.?G.?M.?S. se metió él solito en un cenagal el pasado 6 de mayo. Aquella noche se plantó en la comisaría de Santiago para declarar que una mujer le acababa de hurtar 840 euros en un prostíbulo del barrio de Conxo. Aportó nombre y descripción. Seis días después y un porrón de pesquisas más tarde, lejos de recuperar la pasta que jamás había llegado a perder, la policía terminó imputándole tres delitos: uno por acusación y denuncia falsas, otro contra los derechos de los trabajadores y un tercero de coacciones. Entonces, la víctima se convirtió en verdugo; la verdugo, en víctima. Voló el bumerán en el burdel y voló el tipo también. Ahora lo anda buscando un juez de León, su última residencia conocida. Tan rocambolesca historia se remonta a mediados de enero del 2006, cuando una joven venezolana logró aterrizar en España gracias a que L.?G.?M.?S. le había preparado todo el papeleo y organizado el viaje para, supuestamente, emplearla aquí como asistenta en el hogar. No obstante, nada más bajar del avión, el hombre le aclaró: «Me debes 3.200 euros; trabajas en un club de alterne para pagármelos o lo haces en un piso como prostituta, tú eliges». Optando por la segunda alternativa, así fue como la extranjera se vio obligada a acabar comerciando con su cuerpo en un inmueble de la compostelana avenida de Ferrol, según consta en las diligencias policiales. El supuesto prófugo abrió una cuenta corriente en un banco a nombre de la chica y con una segunda firma autorizada, la suya, prueba a la postre fundamental para descubrir el pastel. En ella debería ir ingresando la sudamericana sus ganancias hasta saldar la deuda contraída, ése era el trato. Pero la cosa se torció tanto, que el acusado se desplazó a la capital gallega hace tres meses y medio largos y discutió con la mujer por el asunto de los cuartos. «Si no cumples tus obligaciones -la amenazó-, hay cosas fuertes que te van a pasar». Minutos después, dejó la casa con un rumbo fijo: Rodrigo de Padrón. Cuando lo hubo alcanzado, ante los agentes de la nacional, se montó una peli de ficción propia de Steven Spielberg. Contó que había estado, por primera vez en su vida, en una especie de burdel en Conxo y que allí había pagado por adelantado «un servicio de 60 euros». Agregó que antes de mantener las relaciones contratadas había ido al baño y dejado su cartera, con 140.000 de las antiguas pesetas dentro, al alcance de la venezolana, a quien dijo no conocer de nada. Cuando habían terminado de intimar, añadió, se marchó a un bar a picar algo y, al disponerse a pagar, se percató de que no tenía un céntimo en el peto. «Por miedo a represalias -apostilló-, no subí de nuevo al piso y vine aquí». La policía tardó horas en descubrir que este testimonio era más falso que una billete del Monopoly, si bien apuntalar la investigación le tomó días. Aunque sorprendente, se trata sólo de un caso más de denuncia falsa en la ciudad. A lo largo de julio, en «un número de operaciones atípico, por su cantidad», el cuerpo destapó tres más: un hurto, un robo en una organización y otro con violencia e intimidación. Todo mentiras que saldrán caras.