El gran cerebro de Compostela

David Gippini SANTIAGO

SANTIAGO

Reportaje | El futuro del Centro de Supercomputación Santiago contará en poco más de un año con el superordenador con más memoria de Europa, una apuesta de futuro del Cesga avalada por la demanda investigadora

04 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

La catedral es, sin duda, el alma de Santiago, una ciudad en la que el músculo lo ponen instituciones como la Universidad o el propio gobierno municipal. El cerebro, en cambio, es cosa del Centro de Supercomputación de Galicia (Cesga), que a finales del 2007 podrá presumir de poseer el ordenador con más memoria de Europa. Nada menos que 19 terabytes, equivalente a 19.000 gigabytes o, lo que es lo mismo, más de 25.000 discos compactos, que estarán operativos a partir de finales del año que viene gracias al convenio suscrito por el Cesga, la Xunta de Galicia, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y las multinacionales Intel y Hewlett Packard. La idea de contar con un dispositivo que se convertirá en referencia en toda Europa resulta atractiva, pero muchos se preguntarán para qué necesita Santiago semejante capacidad de cálculo. La respuesta es bien sencilla: la capacidad actual del Cesga resulta ya insuficiente para los investigadores que lo emplean, a pesar de que es el segundo superordenador más potente de España y durante años el primero. Así pues, la del Cesga es una apuesta de futuro, que hace posible un gran salto adelante para la ciencia gallega; a partir de ahora, será posible resolver desde el corazón del campus compostelano las incógnitas necesarias para el avance de disciplinas punteras como la biotecnología o la nanotecnología. Y no sólo eso, ya que el convenio alcanzado con Hewlett Packard incluye también la creación de un gran centro de investigación al que, previsiblemente, se incorporarán los mejores cerebros del mundo en materia de supercomputación. Como dijo el conselleiro Fernando Blanco, «en el mundo de la supercomputación, o pedaleas o caes». La pedalada, en este caso, cuesta 60 millones de euros, pero en manos de los investigadores está el hacer que resulte barata.