LA OPINIÓN DEL EXPERTO
04 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.CON LA llegada de la electricidad al ámbito doméstico, un nuevo elemento se incorporó a la arquitectura. Tanto en el interior de los edificios, como en las fachadas de los mismos aparecen los cables que suministran la energía eléctrica. La libertad que supone la colocación de cables, por la forma de transportarse la electricidad y por la escasa sección de sus conductores, y dado que se empiezan a incorporar a edificios ya realizados, hace que se coloquen vistos, por los techos y paredes de las estancias. En el exterior, los cables se acercan a las edificaciones por el aire, sujetados por ellas mismas y por postes cuando éstas no existen. Las arquitecturas se ven afectadas por el discurrir de estos cables por debajo de balcones, por encima de cornisas y subiendo y bajando para adaptarse a una realidad construida que no estaba pensada para ello. En el centro histórico de Santiago se ha llegado al límite, de forma que las fachadas, tal y como están, ya no admiten la implantación de nuevos cableados para telecomunicaciones como la sociedad demanda. Quizás se podría estudiar una forma de colocar los cables en las fachadas adaptándose a la misma como un elemento arquitectónico más, analizando el paso por cada una de los edificios y reduciendo el enterramiento a los cruces y a algún punto de excesiva complicación. En este sentido y en tiempos relativamente recientes, los edificios se dotaron de tubos para bajar el agua de lluvia (bajantes) de las cubiertas, sustituyendo el vertido directo desde los tejados a la calle a través de caños y gárgolas, y las bajantes se fueron integrando arquitectónicamente en los edificios, en algunos con más acierto, en otros con menos. Muchas cornisas, capiteles y líneas de imposta de piedra de edificios santiagueses están atravesados por bajantes. Y en general estos elementos son contemplados ahora con naturalidad, como si hubieran surgido con los propios edificios. El enterramiento de los cables facilitaría la incorporación de nuevos servicios (telecomunicaciones, gas, ...); supondría evitar toda una reflexión arquitectónica sobre la colocación de los cables en las fachadas de los edificios, y desde luego cambiaría el aspecto actual de muchas edificaciones históricas, rescatando para el observador algunas cornisas, molduras, capiteles y otros trabajos en piedra, escondidos bajo el negro de los cables.