A XESTA | O |
21 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.SANTIAGO es una ciudad en muchos aspectos muerma, en otros indiferente y en otros preocupada por sus bolsillos. Y en otros, solidaria. Gran culpa de ésto último la tienen los jóvenes que pueblan el campus y duermen en pisos de alquiler destartalados. A sus hogares se les caen a menudo las paredes a cachos, pero no importa, con tal de que la lámpara reúna los voltios y vatios suficientes para no quemarse las pestañas. Al fin y al cabo, pueden estudiar al mismo tiempo que funciona la lavadora sin que se caiga la tensión, como en sus aldeas de origen. Tampoco es un impedimento que los muros estén desconchados para albergar juergas ruidosas hasta que la policía aldabea las puertas y manda parar. Otros prefieren contemplar las estrellas, entre los intersticios del arbolado del campus, mientras culminan el enésimo trago del botellón. Y otros hasta son capaces de jugar con el mobiliario o levantar una tapa de alcantarilla para, con las luces mermadas por el alcohol, descargarla en un escaparate. Son estudiantes ruidosos, duros o blandos de mollera, pecadores sociales, pero son nuestros estudiantes. Y nutren a la ciudad. Y ayudan a moldearla. Y a vigorizarla. Y son solidarios con las causas. Que se alimenten de bocadillos de panceta y ventresca para ir tirando hasta el final de mes no es óbice para que asalten literalmente las unidades móviles de donación de sangre, aunque anden con las plaquetas justas. Y detrás viene el merecido galardón. El pasado curso la comunidad universitaria de Santiago alzó al máximo su histórico pabellón al convertirse en la primera de Galicia en donaciones sanguíneas. En los papeles del Centro de Transfusión de Sangre figura la gesta de Santiago con letras de molde. Ya sé que suena a campeonato de fútbol o ACB, pero de esta saludable competencia nace una saludable sociedad.