La compañía catalana presenta en el Auditorio su montaje «Mamá, quiero ser famoso» La obra, a base de canciones, baile y risas, intenta parodiar al publico televisivo
30 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.?orrían los años 80 en Sitges cuando dos chicos dedicados al teatro aficionado Vicky Plana y Jordi Milá decidieron fundar una compañía y darle el nombre de La Cubana. Después de barajar varios nombres, en una noche de borrachera de 1980 se decidieron por éste al descubrir Vicky que tras la limpeza de la fachada de la tienda de ropa de su madre apareció el nombre de un antiguo negocio llamado La Cubana. Nada sorprendente, puesto que toda la gente de Sitges que se iba a hacer las américas, a principios del siglo XX, lo hacía a Cuba. A estos nuevos ricos, cuando volvían a la localidad catalana, no les llamaban americanos o indianos sino «cubanos», que era como decir aventurero. «Esa fue la justificación, la filosofía que le quisimos dar con este nombre, uniendo esa cosa de la aventura y el montar una compañía», recuerda ahora su fundador y director, Jordi Milá, en Santiago, en víspera de la presentación de su nuevo espectáculo, Mamá, quiero ser famoso , en el Auditorio. Al poco de su fundación, La Cubana pasó de amateur a profesional casi sin darse cuenta. A los dos años ya estaban en Santiago con uno de sus primeros éxitos, Cubana¿s Delikatessen . Después vendrían Cubanadas a la carta , La tempestat y Cómeme el coco negro , pieza ésta de la que hicieron este año una adaptación para el festival de Edimburgo con actores ingleses y un enorme éxito. La compañía catalana retorna una vez más a Compostela con su último montaje, estrenado en noviembre del 2003 en Alicante, y con el que han recorrido desde entonces toda España. Tras su paso por la capital gallega, La Cubana estrenará Mamá, quiero ser famoso en Barcelona el 18 de octubre. El espectáculo que esta noche y mañana se podrá ver en el Auditorio de Galicia es grande pero menos aparatoso que otros anteriores de La Cubana como Una noche de ópera o Cegada de amor . «Es un espectáculo contundente, donde a base de risas y muchas canciones se intenta que el público se lo pase bien y reflexione sobre el fenómeno que nos invade: la locura por querer ser famoso y la vanidad de forma desemesurada». Pero, en realidad, la propuesta de La Cubana no es una parodia de televisión ni de sus personajes sino más bien de los espectadores. Jordi Milá la define como «una parodia de géneros en la que está el famoso que quiere ser famoso, sin motivos para serlo, el que ha sido artista y ha dejado de serlo y ahora quiere continuar siendo famoso, los tertulianos, que es género en auge en este país, los fabricantes de fama, periodistas de prensa del corazón y los niños prodigio». En realidad, añade, «nos parodiamos a nosotros, ese público que vemos la tele, la criticamos pero seguimos viéndola y, además, nos hacen creer que es la panacea». Jordi Milá considera que el espectáculo es divertido «pero con un punto de reflexión» y sin tanta participación como en otros de La Cubana «porque el público lo hace de forma más pasiva, como en un programa de la tele». La música y el baile, como siempre, son ingredientes fundamentales, a pesar de que, confiesa el director, no saben cantar ni bailar: «Todo lo hacemos por el arte del disimulo, y todo queda muy bien, bonito y espectacular».