A CADEIRA | O |
29 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.EL DEBATE sobre la prohibición del tabaco en los centros de trabajo adquiere tintes surrealistas con la nueva prohibición -esta vez vamos de veto en veto- de impedir que se fume hasta en zonas reservadas para ello. Después de haber sufrido durante años el egoísmo (sí sí, egoísmo) de los fumadores que echan el humo a la cara aduciendo su derecho a fumar, no tengo más remedio que ponerme de parte de ellos, así como los profesores de Operación Triunfo han conseguido que media España se ponga de parte de Idaira (pese a sus desafines) ante los continuos insultos que recibe en el programa. Que el Gobierno cargue de impuestos las cajetillas de tabaco, nutra las arcas públicas de su venta, lo considere una droga legal y después vete su consumo hasta el punto de impedir que se fume aún cuando no se molesta a los no fumadores es el colmo de la hipocresía. A los políticos, tanto a los locales, a los estatales como a los europeos, les importa más bien poco la salud de sus contribuyentes -entre otras cosas porque los enfermos de cáncer de pulmón aún no harán quebrar la sanidad pública-. Si realmente les importase, dedicarían energías y presupuesto a la formación en los colegios, a la toma de conciencia de la población y no a medidas efectistas carentes de sentido. Siguiendo el mismo orden de disparates, en breve empezará la guerra contra la comida basura para frenar la obesidad. No desde la escuela, con la creación de buenos hábitos alimentarios entre los estudiantes. Llegará el día en el que se prohíba publicidad de McDonalds, que Nicole Kidman salga en la última de Lars Von Trier zampándose una hamburguesa, y en el que nadie pueda comerse unas patatas fritas en el autobús para no desagradar a los otros viajeros. Seguiremos siendo obesos, eso sí, como seguiremos fumando, eso también, pero no estaremos de moda.