HAIKUS | O |
22 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.SUPONGO que todos tenemos historia personal que gira en torno a los incendios. Y yo no iba a ser una excepción. Tenía unos seis años y, como cada domingo, íbamos en el R-7 de mi padre a comer a casa de mis abuelos. En verano tocaba un pollo preparado por mi abuela como jamás lo he vuelto a probar. La comida incluía la visita a la vaca para mirarla a los ojos y envidar su pasmosa tranquilidad, allí encerrada. En el lote estaba la petición a mi abuelo de un caballo para ir al colegio. El domingo terminaba con otra visita a la cuadra de la vaca y los morros de mi madre, reprochándome que le metiese pájaros en la cabeza a mi abuelo por lo terca que era con el asunto del caballo. Un domingo cualquiera, el R-7 renqueaba como siempre y subía como podía. Estuvimos a punto de dar la vuelta por el fuerte olor a quemado de lo que hasta entonces era un universo verde y fresquito, pero subimos para comprobar que todo estaba bajo control. Con el paso del tiempo, mi abuela dejó de tener vaca y de cocinar pollo, y a golpe de raciocinio me arrancaron la manía del caballo. Lo que jamás me quitarán es la tristeza y el cabreo que paso cuando atravieso la carretera y compruebo 30 años después que el verde ya no brilla. Y que conste que no es morriña. Por desgracia, es la cruda realidad.