CRÓNICAS URBANAS | O |
09 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.SOMOS incapaces de dar dos pasos hacia delante sin caer en la tentación de regresar al pasado. Nos ocurre en casi todos los capítulos de la vida, pero quisiera centrarme en el referido a la cultura y el ocio, asuntos en los que deberíamos estar a la vanguardia porque Europa, en su día, nos otorgó el papel de país de recreo, el shangri la del cachondeo, una autopista hacia el esparcimiento. Quiero decir que lo viejo y el folclore mal entendido tienen maniatados a los creadores, y así no hay manera de llamar a la puerta del siglo XXI. Los nuevos cocineros gallegos se ven obligados a incluir en las cartas de sus restaurantes soufflés de grelos; los arquitectos están abocados a rehabilitar galpones de piedra en los que antes vivían los cerdos y las vacas para alojar a los madrileños; y a los artistas plásticos, no los entendemos, como siempre. Mientras, los políticos, esos individuos que piensan que el teatro es un edificio con muchas butacas, repiten esa terrorífica y contradictoria frase que dice que algo «combina la tradición y la modernidad» por el hecho de haber colocado un retrete donde antes había un agujero que daba a una cuadra, en plan Marcel Duchamp pero menos provocadores, claro.