PINCELADA | O |
26 ago 2004 . Actualizado a las 07:00 h.A SANTIAGO no llegan en pateras ni escondidos entre las ruedas de los camiones jugándose la vida en cada curva, pero llegan. No son tantos como en las grandes ciudades, pero ya empieza a notarse su presencia en todos los rincones de vieja Compostela. Cada vez es más frecuente escuchar el acento de mi infancia en los autobuses, en la cola del supermercado o en la espera a la puerta del colegio. Están ahí. Cada día realizan más o menos las mismas tareas que todos nosotros. Cada día se levantan con más o menos los mismos sueños, las mismas metas que nosotros. Sin embargo, entre ellos y nosotros hay una diferencia puramente administrativa. Ellos son ilegales, nosotros, no. Ese pequeño matiz hace que la vida para ellos sea una constante incertidumbre. Ante esta situación, el anuncio del Gobierno (más propio de etapa electoral) ha supuesto una ráfaga de aire fresco. Ahora sólo cabe esperar que las promesas vengan acompañadas de medidas reales, que solucionen de verdad el problema de miles de personas. Unas medidas que regulen la llegada de los inmigrantes aquí como antaño se hizo en sus países para con los emigrantes que desde Galicia salieron masivamente hacia Latinoamérica.